Casi nunca se está seguro si es por amor o por algo más

Todos somos posibilidades descartadas. Un sabor de helado que alguien no eligió porque prefería otro. Lo pensé el otro día, al encontrarme a un ligue arrimado a su nuevo novio. Mientras bailaban, se contaban cosas al oído. Y al verles no sentí celos, al fin y al cabo yo había sido el primero en contar nuestro breve escarceo con la alegría de quien sabe que eso no irá a más. No, lo que sentí fue más extraño.

Me di cuenta de que íbamos probando y probando, ensayo y error, descarte tras descarte, él, yo, su novio: todos los que allí bailábamos con una sonrisa en los labios confiábamos con encontrar tarde o temprano nuestra posibilidad improbable. Allí o en cualquier otra parte. La única excepción que confirmaría la regla y justificaría tanto esfuerzo, cita larga, invitación por compromiso, palabra tonta, polvo destemplado. Dábamos vueltas por la pista al son de Raffaella Carrá, como planetas orbitando a través del espacio vacío en busca de otro sol. El próximo encuentro fugaz que nos haga sentir eternos.

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