Outsider

El sol estaba empezando a desaparecer sobre los rascacielos cuando Héctor se disponía a entrar en su coche. Aquel día su jornada laboral había terminado como la de cualquier otro ser humano, algo complicado teniendo en cuenta la profesión a la que se dedicaba. Ser actor significaba quitarle a los relojes la capacidad de medir el tiempo y dársela a los guiones. Él ya no dormía cuando el cuerpo lo necesitaba, sino cuando sus papeles se lo permitían. Pero el rodaje de aquella película disponía de unos horarios aceptables, de los que te permitían leer en la cama antes de acostarte y desayunar junto al resto de la familia. Era el lujo de ser un actor consolidado y reconocido, de aquellos que podían permitirse el lujo de escoger los papeles que le venían en gana. Había tardado mucho tiempo en llegar a esa categoría, pero estaba dispuesto a aprovecharla hasta que la maquiavélica ruleta de la fama le dijese que su buena racha había terminado.

Lo que Héctor ya no recordaba del mundo real, ni siquiera de cuando había interpretado a personajes normales y corrientes, eran los atascos que se formaban en la carretera a esas horas. Todo el mundo salía de trabajar y quería llegar lo más rápido posible a sus hogares o a allá donde pudiesen proseguir con sus vidas privadas. Sin embargo, las prisas y la mala planificación general habían congestionado el tráfico hasta el punto de retenerles durante más de quince minutos en el mismo lugar. Héctor imaginaba que, de ser uno más de los que le rodeaban, con aquella estampa como rutina diaria, la situación le sacaría de sus casillas. Sin embargo, se trataba de un hecho exótico en su día a día, un momento de descanso en medio del caos que no le molestaba en absoluto. De hecho, quizás le serviría para aprender nuevos registros para futuros papeles. Así que, sin más dilación, apagó el motor del coche, subió un poco el volumen de la radio y se acomodó en el asiento para contemplar todo el tubulto que había a su alrededor.

Un hombre hablando a gritos por el teléfono móvil, una chica bastante guapa recogiéndose el pelo con una coleta o un grupo de jóvenes que parecían estar gastando toda su capacidad pulmonar con la canción que escuchaban eran algunas de las escenas que Héctor podía visualizar desde su posición. Cada vehículo era un mundo distinto, y no pudo evitar empezar a sentir curiosidad por las historias que tenían lugar en torno al suyo. De hecho, no sólo era interés lo que creaban en su interior, sino una necesidad que escapaba a su entendimiento.

De pronto, sintió el poderoso deseo de meterse en sus pieles no como actor, sino de verdad. Como un ente exterior que se adueña por completo de un cuerpo ajeno. Quería despegarse de su rutina y vivir la de aquellos que, como él, habían interrumpido sus vidas por culpa de aquel atasco. ¿Y si pudiese desprenderme de mi propio cuerpo durante un momento? ¿Qué cosas haría a espaldas de mi consciencia?, se preguntó. Las cantidad de respuestas y posibilidades que brotaron ante ella eran inumerables. Todas ellas eran razonables y posibles, pero no en su vida. No sobre los pilares sobre los que había construido su realidad. Podría realizar cualquiera de las cosas que se le aparecían en la mente, pero no si quería que todo se mantuviese en aquel escalón sobre el que se recostaba con tanta comodidad. Aunque nadie pudiese verle, o pese a que guardara el secreto hasta su propia tumba, jamás iba a salir totalmente impune. No podía desprenderse de los juicios morales, de la voz incontrolable que dictaba qué era lo correcto y qué no lo era. De algún modo, pese a que el cuerpo actuase por voluntad propia y la mente hiciese la vista gorda durante el momento de la infracción, la culpabilidad o los veredictos propios acabarían apareciendo tarde o temprano y se instalarían en él como una mancha imborrable.

Divagando sobre posibilidades que nunca iban a existir, el sonido de un claxon sacó a Héctor de su ensimismamiento. El tráfico volvió a funcionar correctamente, y él debía reanudar su marcha si no quería causar ninguna molestia. Era el momento de seguir adelante y dejarse de trayectos cuya carretera no había sido ni siquiera construida. Aquello no era ninguna película. Era la vida. Y aunque todos interpretamos un papel en ella, debemos escoger muy bien nuestras líneas argumentales, puesto que no es nada recomendable salir de ellas una vez ya las hayamos dibujado.

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