Excusas Malas

Un texto de Jose Luis Algar @Joseluisalgar

Os voy a contar una historia sin final feliz. Basada en un millón de historias reales:
El oficinista decidió que quería escribir una novela. Era el último mono de una empresa fagocitaria con sede en una calle dónde Carrie Bradshaw podría estar horas y horas pavoneándose con un Birkin colgado del brazo. Dos más dos siempre dan cuatro y yo quiero añadir una operación de resultado incierto a mi vida, decía el oficinista mientras hacía fotocopias.

El día en que intentó escribir la primera página de su opera prima se dió cuenta de que no podía hacerlo con un simple lápiz y un papel. Su rincón de trabajo era una esquina de la caravana compuesta por una mesita plegable y una silla coja. Justo al lado del cuarto de baño. Tan cerca que podía oler el olor fuerte del lavabo químico.

Tardó unos cuantos meses en volver a intentar desvirgar su novela. Se compró un ordenador de sobremesa que pagaría en doce mensualidades sin intereses. Cada mensualidad era una puñalada a su nimia economía. Sobrevoló obras y solares en construcción para conseguir materiales con los que montar una mesa en condiciones. Una esquinita digna en la que trabajar. Puso los dedos sobre el teclado. Alzó la vista del papel y miró la mierda de caravana dónde vivía. No podía trabajar en un lugar tan feo. Una caravana… Las paredes eran demasiado vulgares, la ventana tenía el tamaño de un libro de bolsillo cuajado de cagadas de pájaro.

Postergó la escritura bajo absurdos pretextos durante años… Focalizó su ambición en un trabajo que no le gustaba, que solo le daba dinero. Llegó a ser el director de la compañía. Un despacho en la planta no se cuantos. Una cárcel de cristal y muebles caros. Pero en todo momento, durante las reuniones presidiendo a un equipo de señores que llevaban pechera y bebían martinis, mientras el chófer le llevaba a casa en un coche de un negro tan limpio que siempre parecía mojado, mientras hacía el amor con personas interesadas en el tamaño de su cartera… en todos esos momentos, pensaba en su novela no nata.

Se compró una casa majestuosa en un barrio de alto copete. Instaló su despacho en el atalaya de su mansión. Una habitación enorme, decorada con excelente gusto, con un suelo de madera precioso y una alfombra hecha a mano por niños de vientre hinchado de dios sabe que lugar de África. Y en el centro, una mastodontica mesa, larga cómo la de una sala de conferencias, un sillón de cuero negro de esos que crujen al sentarte (señal inequívoca de que antes ese mueble era un animal) y un ordenador novísimo. Se sentó, ahora sin ningún impedimento, a escribir. Fue a pulsar la primera tecla pero el dedo se quedó a medio camino. Había llegado a lo más alto. Frente a su mesa se abría una gran ventana desde dónde se veía toda la ciudad.

Apagó el ordenador y pensó que no podía escribir allí porque las vistas le entretenían…

NOTA: Soy una persona pesimista pero a la vez trabajadora. Mi trabajo llega hasta dónde el optimismo no me alcanza. Conozco a mucha gente con proyectos en la cabeza pero nunca los realizan… Se intentan creer sus propias excusas. Nunca tendremos el suficiente dinero, ni el material necesario, nunca naceremos en una familia rica y con contactos. Lo siento, pero son excusas. Pero se puede. No os voy a engañar ni a dorar la píldora: (Recordad que soy pesimista) ser emprendedor es muy difícil. Solo cuando lo hayas dado todo y hayas fracaso podrás decir que lo intentaste pero que no funcionó. Pero…. ¿y si funciona?

Un último consejo: No dejes para mañana lo que puedas hacer de una puta vez.

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