La Navidad y los universos paralelos

Parece que últimamente vivimos en una etapa en la que lo más cool es arrugar la nariz, poner cara de asco y expresar públicamente cuánto se odia algo. La diana de esos desagrados se ponen en la más variada de las cosas: desde cantantes pop, series de televisión, pasando por tendencias en la modas o cualquier cosa que podamos imaginar. Cuánto más énfasis se pone en proclamar lo mucho que desagradan, más rompedores, originales y desmarcados del rebaño social pareceremos.

La Navidad, por supuesto, no es una excepción.

Yo, en cambio, debo reconocer que me encanta. Intento sortear a los discípulos del Grinch y disfruto de estas fiestas como un niño. Adoro cenar con mi familia, quedar con los amigos para comer o tomar unas cañas… y los regalos. No soy nada original y desde luego no saldré en ningún blog de tendencias y estilos de vida, pero lo cierto es que  esta época del año me hace feliz.

Sin embargo, hay una escena en estas fechas que se repite año tras año y que no tiene nada que ver con las reposiciones de Solo en Casa o Los fantasmas atacan al jefe y que seguro que os suena. Todos tenemos un familiar al que no vemos durante todo el año y que siempre hace una molesta visita en Navidad.

Yo tengo varios.

En mi caso, cada vez que esta molesta visita se produce, me tengo que enfrentar a una incómoda situación en forma de pregunta. Y da igual la edad que tengas, tu situación laboral o que vivas en otra ciudad, porque todos esos temas quedan automáticamente relegados a un segundo plano para pasar directamente a la mayor preocupación vital de todas:

– ¿Y tú cuándo te vas a echar novia?

Cada vez que mi tía me hace esa pregunta, se crean miles de realidades alternativas, una por cada posible respuesta a su pregunta. Mundos infinitos nacen bajo la luz de unas respuestas que son tan extensas y variadas como el propio cosmos, tan eternas como el milagroso amanecer de los pensamientos que surcan mi paisaje interior.

De entre todos ellos, mi realidad alternativa favorita es aquella que nace a partir de una frase maravillosa.

– Mi novia tiene un rabo de veinte centímetros, tita.

Todavía no me he decidido a alterar el continuo espacio-tiempo. Pero el día que lo haga.

Ay, el día que lo haga…

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