Yo estoy listo para partir, pero no me iré sin ti

Había llegado la hora. Todos los años se repetía el mismo ritual. El 31 de diciembre las ciudades se convertían en un auténtico caos. Desde hacía ya una década ese día había perdido su significado original del fin de año, se había convertido en una carrera a contrareloj.

La población estaba tan masificada esas últimas 24 horas se convertían en la escapada de la ciudad, como una especie de reinvención de la ciudad. Por ello la población se organizaba para conseguir sana y salva, quien se quedara dentro del perímetro moriría. No era sencillo, el gobierno no dejaba salir a nadie un mes antes, hasta las 7 de la mañana de ese día 31 convirtiéndose en una gymkana por la supervivencia.

Mientras amanecía me preparaba para salir, pero antes una última conexión. Como la ciudad, todos los sistemas desaparecían y se formateaban esa noche. La única forma de volver a conectar con otros habitantes era por medio de un código de coordenadas únicas para cada persona que podían seguirse por medio de un chip interno. Recogí los mensajes, guardé como oro en paño mi agenda de coordenadas, y un último mail de aquel hombre misterioso e interesante que me decía ‘Por si desaparezco de nuevo te dejo mis coordenadas, me gustaría seguir sabiendo de ti’. Las coordenadas no eran algo que se dieran a la ligera, estuve profundamente agradecido por esa sensación de extraña complicidad conseguida en poco tiempo.

A las 8 de la mañana ya estábamos preparados y organizados. Salí a la carrera con mis compañeros de viaje y de vida. Lo que contado puede parecer que era algo dramático se convertía en toda una celebración, aún sabiendo el posible resultado de no poder salir de la ciudad. Los años de experiencia nos ayudaban a encontrar los caminos, y atajos, que hacían que lográramos huir sin problemas de la ciudad.

Siempre existían algunos impedimentos pero acostumbrados a ir todos juntos nunca habíamos perdido a nadie. De vez en cuando recogíamos a algunas personas en el camino, que habían sido abandonadas por sus grupos, o que simplemente no tenían con quien ir. Quizás se convirtió en un ejemplo más de solidaridad, más que un ‘Sálvese quien pueda’.

Llegamos fuera del perímetro. Subimos a lo más alto de la montaña. Nos abrazamos, como el año que fue…,  y entonces pasó, lo que pasa siempre: suenan las campanadas y cuando suena el último gong, la gran explosión.

Un mensaje en el correo acaba de llegar ‘Sigo vivo’. Una sonrisa infantil se esboza en mi cara. Feliz año nuevo, nos esperan nuevos retos apasionantes a todos.

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