La cesta de Navidad

—El número es… ¡el 0726! —gritó aquella tía horrenda que cumplía pésimamente el papel de maestra de ceremonias en ese local con nombre de película de Audrey Hepburn al que acudía por primera vez.

Vi que fueron tus manos las que se levantaron gritando “Yo, yo”. Lo vi porque no dejaba de observarte, desde primera hora, desde que entré a aquella fiesta de domingo iniciada a media tarde. Tu sonrisa era como una luz continua entre aquel mar de hombres, oleadas de agua salada en la que deseaba zambullirme pero en la que no conseguía sumergirme. El eterno inconformismo, aquí quiero, aquí no me lo ofrecen, ahí me dan la oportunidad, ahí no me gusta. En esa ridícula atmósfera de deseo tu mirada y la mía si coincidían de cuando en cuando, y nos sonreíamos. Una vez, dos veces, tres veces… hasta que fuiste el galardonado con la cesta de navidad que sortearon entre las mil primeras copas consumidas, ¡y te tocó a ti! Sonrisa bonita y tío guapo, ¡cómo no ibas a ser un hombre con suerte!

Desapareciste en el jaleo, te di por perdido, me regodeé en mi eterno dramatismo, ese que provoca grandes primeros planos en la pantalla, momentos cinematográficos que se recuerdan por siempre. Pero a mí, ¡quién me iba a mirar a mí! Pues… tú, lo estabas haciendo tú, ahora eras tú el que me miraba, y te sonreí, ya no sé si porque me mirabas o porque tú también me sonreías.

—Me encanta la sonrisa de ese chico, ¡y qué guapo! —le dije a Pablo.
—A esto le pongo yo remedio ahora mismo.
—¿A dónde vas?

Como si hiciera falta preguntarle a donde iba. A donde yo deseaba. A hablar con él, a desempeñar ese eterno, divertido y absurdo papel —para el que espera— de “a mi amigo le gustas”, y lo hizo bien porque en dos segundos estabas frente a mí.

—Hola, soy Andrés.
Hola, yo soy Lucas.

Y no perdí el tiempo, no lo decidí, sencillamente fue así, quizás es que soy así de directo ahora que ya voy acumulando años y me digo que para qué, que qué tengo que perder, que mejor ser claro que quedarse con las ganas.

—Eres muy guapo, y tienes una sonrisa preciosa.
—Y tú también, es imposible no quedarse prendado de tus ojos.

Tras tu respuesta apenas hubo tiempo para el silencio. Me besaste, en los labios, largo y cálido. Te cogí la cara con las manos, tú me agarraste por la cintura. Tuve que ponerme de puntillas, eras algo más alto que yo, detalles insospechados que de repente hacen que un beso sea aún más rico y más intenso.

—¿De dónde eres?
—De Madrid.

Si vivimos en la misma ciudad eso quiere decir que me puedo permitir soñar contigo, que no tengo que consumirte antes del amanecer. Y nos volvimos a besar, con la música reventando el indicador de decibelios, y los flashes de colores iluminándonos, y nosotros al margen de ello, esta discoteca no nos necesitaba por mucho que lo cantara Kylie Minogue. ¡Qué superflua resulta toda escenografía cuando te abrazan a la par que te besan, cuando unos dedos buscan los tuyos para que el resultado sea el de manos entrelazadas!

—Oye, y te ha tocado la cesta que sorteaban.
—Bueno, va a ser que es mi día de suerte, no solo me toca la cesta, sino que somos presentados y que me besas con tantas ganas como yo a ti.

Qué difícil es darme justo en ese punto en el que todo alrededor me da igual, y tú sin más tocaste ahí, así sin más caí rendido. Con tan pocas palabras y en tan escasos minutos conseguiste que estuviera dispuesto a desnudarme emocionalmente, a mostrarme a ti tal cual soy, sin pudor ni reparo alguno, a ser la viva encarnación del carpe diem, a vivir el instante presente, aquí y ahora, como si no hubiera pasado ni futuro. No estaba viviendo un momento de película, no, estaba viviendo la realidad, esa cuya intensidad las películas intentan plasmar, y se quedan cerca, muy cerca de transmitirnos, pero fallan en una cosa que ahora sí que estaba sucediendo, la secuencia se prolongaba, no había un corte, seguían los minutos y aquella escena nuestra era más que Moulin Rouge, seguía siendo la de ojos mirándose a apenas unos centímetros, labios que rozaban la piel del otro al hablarle al oído y manos fundidas.

—Te propongo dos cosas, que nos intercambiemos el número de móvil y que nos vayamos a tomar algo a otro sitio.
—A las dos te digo que sí, con la condición de que el sitio al que vayamos sea uno en el que pueda mirarte a los ojos hasta perderme en ellos y hartarme de besarte.

Salimos juntos del local, las manos entrelazadas marcaban ahora nuestro paso, como si ya hubiéramos paseado así mil veces antes, como si fuera la primera de las mil más que podrían estar por venir. Mi mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta, mi derecha agarrada a tu izquierda y tu derecha llevando la cesta de navidad con su melocotón y su piña en almíbar, las peladillas y los polvorones, el lubricante y la caja de 24 condones —¡qué atrevidas estas cestas de hoy!—, el champán y el cd de grandes éxitos de Raffaella Carra.

Horas después la cesta estaba intacta sobre la encimera de tu cocina y tú y yo, después de habernos dado toda clase de besos -sexuales, sensuales, cariñosos, afectuosos, en modo caricia, causando cosquillas, encendiéndonos y provocándonos, causando suspiros y carcajadas, dándonoslos a lo largo y ancho de nuestros cuerpos como si fueran rutas de geografía humana que recorrer- hasta altas horas de la madrugada, nos quedábamos profundamente dormidos, abrazados el uno al otro en esa noche ya profunda en la que yo me sentía realmente afortunado.

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