Maldito John Travolta

—Lo que dices no puede ser. Estás equivocado. ¡Borra esa idea asquerosa de tu cabeza ya!
—Pero, pero yo te quiero.
—Yo también te quiero, somos amigos, eres mi mejor amigo. Pero nada más.
—Tú lo sabes. Siento esto por ti desde hace tiempo.
—Yo también siento algo por ti, como amigo. Pasamos más tiempo juntos que con las novias, tenemos algo especial. No lo jodas ahora con estas gilipolleces.
—Pero es que yo además te deseo, quiero estar contigo porque te quiero.
—¡Tonterías! Yo no soy maricón ni nada de eso, y no te enfades, solo quiero decir que estás confundido. Mira, no se lo he contado a nadie, pero cuando vi Grease aluciné con John Travolta, creía que me había enamorado de él, solo pensaba en su sonrisa y su cuerpo bailando, hasta creo que me empalmaba viendo la peli. Pero no soy gay, nada de eso, solo quería ser como él y punto. ¡Nada más! Y lo mismo te pasa ahora a ti conmigo.
—Kike, no es lo mismo y tú lo sabes. No es lo mismo.
—¡Sí que lo es y punto! Eres un pesado, olvídate del tema, me estás jodiendo la tarde.
—Ok, lo olvido, y me olvido de ti. Creo que es mejor que no volvamos a vernos nunca más.

Días después tomé una decisión que ya me rondaba en la cabeza: escapar de Granada y hacer la carrera de Periodismo en Madrid. No tenía vocación de reportero ni mucho menos, aunque no escribía del todo mal. Lo suficiente para justificar una opción universitaria que me sacara de mi asfixia provinciana, me alejara del cabrón de Kike y me abriera las puertas a lo que imaginaba como un mundo pleno de posibilidades para ser yo mismo, al menos, a partir de aquellos 18 años. El tiempo hasta entonces lo consideraba irremediablemente perdido. Una adolescencia falsa, de novia en novia, con miedo, culpabilidad. Una adolescencia robada. Y mi amigo del alma, mi primer amor, el que pensé que sería mi tabla de salvación, solo contribuyó a echar más piedras sobre esa tumba sentimental en la que me ahogaba día a día.

Nunca he sido lanzado, ni arriesgado… no me gusta equivocarme o molestar a los demás. Y si aquella tarde de invierno me atreví a confesarme a Kike, fue porque las pruebas de la reciprocidad de mis sentimientos para mí eran más que evidentes, explotaban a la vista. Desde hacía dos años, desde los 16, éramos inseparables. Todos los días quedábamos para salir con las motos. Cada uno tenía la suya propia, pero preferíamos compartir una de ellas para abrazarnos, pegar nuestro pecho contra la espalda del otro y rodear fuerte con nuestros brazos su cintura. No importaba el frio ni la lluvia porque estábamos juntos. El plan era siempre el mismo. Iba a casa de Kike a la hora convenida y él me esperaba en el baño terminando su ducha, o de vestirse, o de peinarse. Estaba así establecido, yo entraba en el aseo para observar cómo se acicalaba y responder a sus preguntas de rigor: ¿tengo bien el pelo hoy?, ¿crees que algún día tendré vello en el pecho como tú? Mira qué grande se me pone cuando me froto ¿ves qué dura? Y yo… yo nunca arriesgaba, solo asentía como si aquel cortejo tonto fuera de lo más habitual entre zagales de nuestra edad.

Tampoco hacía nada, o me hacía el muerto, cuando me quedaba a estudiar y dormir en su casa y ya en la cama notaba como se pegaba a mi todo tieso, como me aprisionaba en un abrazo hasta formar la perfecta “cuchara” y se quedaba dormido así, sin perder la erección que me apuntaba por detrás bajo las sábanas. Yo simplemente simulaba dormir, sin moverme un milímetro para no perder la conexión. Nunca tuve un segundo de descanso en aquellas noches de poco estudio y de mucho dolor de cojones al alba.

Y también interpretaba el borracho cuando salíamos de fiesta y, al regresar a casa en moto juntos, tras dejar primero a las novias como siempre, me sobaba el paquete durante todo el trayecto, sin importar que las calles fueran las más luminosas o que alguien pudiera vernos al parar en un semáforo en rojo.

Yo no hacía nada, solo callaba y deseaba. Y cuando hablé, lo jodí todo y me di de bruces con el maldito Travolta, con la gilipollez de los amores platónicos y con la hipócrita cobardía de mi mejor amigo.

He vuelto a ver a Kike varias veces y el paso de los años no ha sido demasiado justo con él. Hemos cruzado miradas intensas, pero nunca volvimos a dirigirnos la palabra, simulando ser dos desconocidos.

Llegué a Madrid, vi las primeras lágrimas de mi padre en la estación de Atocha, estudié al ritmo de los 80s, volví a mi ciudad… me enamoré y desenamoré, hice el amor y follé, dejé y me dejaron. Pero, “Mi primera vez” se perdió para siempre en el tiempo de las cobardías. Tenía que haber hablado menos y haber bailado más subido a la moto. ¡Maldito John Travolta!

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