Las mejores tardes

Me gusta hacer check-in. Sé que es algo tonto, sin explicación racional. Me gusta decir que voy a ver tal película. Indicar que estoy aquí. Aquí contigo. Y subir una foto de nuestros mojitos, estratégicamente colocados para que los alumbre la vela que nos trajo el camarero.

Pero a la hora de la verdad, las mejores tardes son aquellas en que me olvido de todo eso. Empezamos a hablar nada más encontrarnos, y paseamos un rato sin saber dónde acabaremos, y al final de la calle entramos en ese otro bar que no estaba previsto, y seguimos hablando entre copa y copa, olvidamos las demás mesas, susurramos confidencias, nuestras bromas privadas y otros chistes nuevos que surgen de golpe, así vuelan las horas y salimos de nuevo al frío y es entonces, ya en el metro, volviendo solo a casa, cuando me doy cuenta de que no he hecho check-in. Ni me acordé. Ahora nadie sabrá dónde estuvimos. Solo nosotros.

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