Error 404: “Te quiero” not found

Un texto de Carlos Rubio @charlsblond

Volver a decir las palabras mágicas cuando te han jodido el alma (y lo que no es el alma) en más de una ocasión, es complicado. Al principio, crees que por decir Te quiero no va a pasar nada; que es genial ser capaz de soltarle algo así de manera natural, casi ingenua, a alguien con quien compartes momentos que para ti son algo más. Conforme se suceden esas personas especiales en tu vida, sin embargo, a modo de ridículo desfile de fracasos y torturas autoimpuestas, te das cuenta de que esas dos malditas palabras pesan mucho más de lo que pensabas, e incluso te llegas a pedir a ti mismo no volver a pronunciarlas hasta que sea imprescindible; hasta que sepas, al menos, que merece la pena arriesgarse a sufrir.

La clave está en saber reconocer cuándo nos encontramos ante una situación semejante: dilucidar dónde está la línea que separa “pasar buenos ratos con alguien” de “querer pasar con alguien buenos ratos todo el tiempo”. Es difícil tomar el control e intentar diferenciar cuándo dejamos de estar con una persona sin compromisos ni quebraderos de cabeza y pasamos a ni siquiera plantearnos estar con alguien más. ¿Cómo podemos estar seguros de que ha llegado el momento para dar ese paso? ¿Cómo podemos saber que estamos en condiciones de darlo? ¿Cómo podemos saber que queremos darlo?

Llevaba dos meses quedando con un tío cuando me planteé toda esta mierda sin sentido. Habíamos pasado semanas en las que apenas nos habíamos visto y otras en las que prácticamente estuvimos juntos cada día, a veces en mi piso y otras veces en el suyo. Habíamos pasado tardes enteras hablando sobre todo y sobre nada en general, sobre nuestros problemas en casa, las discusiones con los amigos, la rutina de los estudios o el mísero sueldo del trabajo; mañanas en las que apenas tuvimos noticias el uno sobre el otro y fines de semana en los que dimos rienda suelta a nuestra libertad. Habíamos pasado noches (obviamente) en las que después de cenar, ir al cine y volver a casa, estuvimos follando hasta que no pudimos más; y madrugadas en las que en silencio nos mirábamos el uno al otro hasta dormirnos entre caricias que dibujaban todo un mundo en nuestra piel.

Ya dos veces me había dicho que sentía por mí algo especial, que no quería presionarme ni ponernos etiquetas ni estropear lo que, poco a poco y sin esfuerzo, habíamos creado entre los dos.

Pero yo solo sentía que algo me asfixiaba y empujaba desde el pecho. Sentía que el miedo me oprimía la garganta cada vez que me decía Me gustas mucho, y no porque no me gustara, sino porque me aterraba que llegara el día en que me dijera Te quiero y yo no le supiera, pudiera o quisiera contestar.

Porque ni yo mismo sabía si estaba preparado para hacerlo.

Ni si quería volver a estarlo nunca.

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