De mudanzas y cambios…

No hay mayor ejercicio de introspección que el que realizas cuando estás inmerso en una mudanza. Dejando a un lado la desidia que despierta en uno el hecho de pararse a pensar en acometer dicha tarea, lo cierto es que pocas cosas te harán ganar mayor experiencia vital.

Os lo juro, acabo de terminar una.

Para empezar, es una ocasión excelente para hacer un repaso de los últimos años de tu vida. Cada caja que embalas está cargada de recuerdos. Tengo la teoría de que hay determinados objetos que, en algún momento, son arrastrados a una dimensión paralela donde permanecen durante años hasta que decides cambiar de casa. Solo entonces, aparece esa foto en la que sale un chico delgadito y sin barba sonriendo junto a una amiga tuya con la que hace años que no hablas.

Siempre es divertida la cara que pones cuando te das cuenta de que ese joven eres tú con más inocencia y menos kilos.

Es vertiginoso pararse a pensar en el camino que has recorrido en unos años. No siempre es hacia adelante, porque la vida no es una línea recta. De hecho, lo que nos da fé y nos alienta, son los tropezones y las curvas de nuestra carretera, con todo lo bueno y lo malo que conllevan.

La vida, de hecho, es una mudanza constante. A veces, te das cuenta de que sufres de un grave síndrome de Diógenes. Del mismo modo que tiras ropa y trastos aprovechando un cambio de domicilio, hay ocasiones en la vida en las que te deshaces de personas que no te aportan nada bueno o de sentimientos que suponen un lastre para poder seguir tu camino.

Empeñarnos en continuar junto a alguien (ya sea un amigo, pareja o conocido) que nos impide alcanzar nuestras metas tiene la misma lógica que conservar una camiseta de cuando entrabas en una M.

Y os lo dice alguien que se ha deshecho de ocho bolsas. De ropa, no de personas…

Pasar página siempre arranca un intenso sentimiento de nostalgia. Cerrar por última vez la puerta del sitio que has llamado hogar durante muchos años puede ser triste.

Sin embargo, todo sentimiento de añoranza queda difuminado ante el brillo de un futuro prometedor.

La vida, a veces, te devuelve la fianza.

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