Ser hombre

Tener un padre es como jugar a la ruleta rusa. Un progenitor puede ser aquel que nos salve de innumerables aprietos, pero también puede ser un eterno handicap que llegue a provocarnos heridas y frustraciones con las que deberemos convivir durante el resto de nuestros días.

De hecho, todos hemos visto a nuestro padre como un auténtico héroe durante la infancia. Un ejemplo a seguir que, con el paso del tiempo y de algunas etapas vitales, puede llegar a desdibujarse hasta el punto de convertirse en todo lo contrario. Uno va creciendo y acumulando experiencias, triunfos y decepciones que irán configurándole una personalidad propia. Vamos marcándonos un camino y una identidad que nos ayude a recorrerlo, pero puede que estos aspectos difieran mucho de los que tiene tu padre y, por lo tanto, los que él tenía pensados para ti. El desfase generacional se va acentuando progresivamente hasta un punto en que la incomprensión llega a ser mutua. Es entonces cuando las diferencias empezarán a brotar, provocando que la relación entre padre e hijo penda de un hilo, sobretodo cuando el segundo reclame el estatus o la aceptación del primero. Será entonces cuando aparezca la frase de la discordia y, quizás, una de las más opresivas que un hijo puede llegar a escuchar: “No eres lo bastante hombre”.

Recapacitemos sobre este concepto tan confuso. ¿Qué es ser un hombre? Para un padre, probablemente, no sea más que una expresión que indique que él siempre estará por encima de su sucesor. Poco llega a importar que tengas una carrera, un trabajo e incluso una vida emancipada, puesto que siempre estarás a la sombra de lo que ha conseguido tu progenitor. Él jamás perderá la oportunidad de demostrarte que va un paso por delante de ti, aunque en realidad se haya quedado rezagado hace ya mucho tiempo. Ante la ascensión de un nuevo hombre en el clan familiar, puede parecer incluso lógico que trate de aferrarse a su hegemonía como el único reducto todavía intacto de aquel gran poder que llegó a poseer una vez. Un poder prehistórico que lleva impregnando las relaciones sociales hasta convertirla en una guerra de sexos que no llega a favorecer ninguno de los dos bandos.

Para nuestros padres, ser un hombre es ser lo más parecido a una de las piedras que conforman un acantilado. Sólo puede llamarse hombre aquel que trabaja para sacar adelante a los suyos, infundiéndoles admiración, respeto y temor a partes iguales. Un auténtico macho debe tomarse un whisky tras cada comida, amar la cerveza y el deporte con la misma intensidad con la que odia las comedias románticas y jamás podrá exhibir muestras de cariño más allá de las necesarias y, por supuesto, en una absoluta intimidad. Los sentimientos no forman parte de su código genético, a no ser que sea una valentía que no flaquee ni ante la muerte.

Sin embargo, nuestra generación está comenzando a desarrollar e instaurar otro concepto de masculinidad muy distinta a la de tintes machistas y retrógrados que se infundía hace un par de décadas. Ahora los hombres no sólo somos capaces de mostrar nuestros sentimientos, sino que les damos la importancia que éstos se merecen. Somos fuertes y frágiles. No tememos por nuestra integridad a la hora de bailar nuestras canciones favoritas, ni tampoco presentamos ningún tipo de pudor al decir que odiamos el fútbol. Podemos ser rudos, pero también nos gusta cultivar nuestra sensibilidad a través de la música, el cine y la lectura. Nos encanta hincharnos a comida, pero también nos preocupamos por nuestro aspecto físico. Nos gusta leer cómics, ver películas de ciencia-ficción y alucinar con cada nuevo videojuego que lanzan al mercado porque somos incapaces de abandonar por completo el niño que un día fuimos. Nos ponemos nerviosos en la primera cita con aquella chica que nos quita el sueño, o puede que incluso lleguemos a hacer el amor con otro hombre. Y, por supuesto, también somos capaces de temer y de llorar. Y quizás el hecho de aceptar nuestra naturaleza humana y sensible nos haga mucho más hombres de aquellos que pasaron toda su vida reprimiéndola por miedo a que su integridad moral y social peligrara.

En definitiva, nos encontramos en una fase en la que estamos intentando demostrar que ser hombre es simplemente una condición genética y que poco o nada tiene que ver con las pautas de comportamiento que trataban de instaurarles a nuestros antepasados. Pero no va a ser fácil ganarle la batalla a un pensamiento que se ha incrustado involuntariamente en el “sentido común” de la sociedad. Pese a todo, el tiempo y las circunstancias irán decantándose por una solución definitiva que termine de una vez por todas con este peliagudo conflicto masculino. Quizás la clave sea dejar de empeñarnos en ser hombres y esforzarnos por ser nosotros mismos.

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