Inconsistencias

Un texto de Aitor Villafranca @Avillafranca_
(autor de las novelas Zodiaco y Cero)

Diego esquivó a duras penas la lavadora que se había materializado en mitad de la calle y entró en el portal de su casa. La mitad de los buzones estaban llenos de verduras aplastadas, el ascensor se había evaporado hacía dos semanas. A saber dónde estaría a esas alturas. Malasia, el edificio de al lado, el fondo del océano. Resignado, tomó aire y comenzó a subir por las viejas escaleras de madera. Saltó los escalones que faltaban, se agachó para no golpearse la cabeza con la moto de carreras que había quedado encajada en la ventana del descansillo. Sólo tenía treinta años, pero se sentía ya demasiado viejo para aquel mundo inestable.

No tenía claro cuándo había empezado todo a teletransportarse, a cambiar de lugar sin previo aviso. Los primeros incidentes habían sido demasiado sutiles como para darles importancia. Ropa que no recordaba haber comprado sobresaliendo de sus cajones, una caja de condones cuyo contenido se vaciaba antes de tiempo. Nadie más pareció notar aquellas pequeñas inconsistencias en el espacio-tiempo, así que Diego les restó importancia. Hasta aquella mañana en la que un mastín negro tomó forma en la bañera durante su ducha matutina, no se planteó que el mundo pudiera haberse roto por completo.

Después de alcanzar entre suspiros la sexta planta, Diego maldijo su suerte al comprobar que las llaves se habían esfumado de su bolsillo, pero el disgusto no le duró demasiado. También la puerta se había evaporado, dejando en su lugar una máquina de escribir antigua y un par de tazas de cafés hechas añicos. No le importó que su apartamento quedara desprotegido. Dudaba que ningún ladrón fuera a robarle cuando un nuevo botín podían aparecer y desaparecer con cada gesto del segundero. Las pisadas sobre la cerámica despertaron momentáneamente a Bobby, que ladró molesto antes de volver a dormirse en su cama hecha de corbatas y cazadoras de cuero.

Tumbado por fin en su propio colchón, Diego se preguntó si habría sido también aquella maldición caótica la que había extirpado de su vida el silencio cálido e inmóvil que solía acompañar las mañanas de domingo. Su colección de vinilos. Las tardes de cine y el sabor a semen. La que había dejado en la esquina de la habitación las botellas de vino vacías que llevaba semanas sin recoger. Sacudió la cabeza. Quizás había sido él mismo el culpable. Hacía tanto tiempo de todo que ya no conseguía recordarlo con claridad.

Su propio cuerpo había sufrido uno de aquellos teletransportes espontáneos, aunque no era una experiencia que le gustara rememorar. Estaba sentado en la caja de piano que ahora utilizaba como sofá, jugando a uno de los pocos videojuegos que había sobrevivido a la última tanda de cambios. El dragón estaba a punto de aniquilar a su ejército por enésima vez, cuando un parpadeo le había llevado a un dormitorio prácticamente a oscuras, iluminado sólo por ese cielo anaranjado de las noches en Madrid. Confundido, había cogido unas zapatillas de deporte del suelo y había salido de la habitación intentando no asustar al cuerpo sin rostro que roncaba debajo del edredón. Sin teléfono ni cartera, el viaje de vuelta le había llevado casi una semana.

De eso hacía ya varios años. Una vida, prácticamente. En aquellos tiempos el edificio de oficinas en el que trabajaba todavía no se había convertido en un solar de hierros retorcidos y tuberías sesgadas. Su coche no se había transformado en un acordeón metálico al chocar contra un león de piedra surgido de la nada. La cocina todavía olía a café y tostadas, en lugar de estar cubierta de periódicos antiguos y engranajes oxidados.

“En fin”, pensó mientras escuchaba el tintineo de las pilas gastadas y las grapadoras que se materializaban en el aire de su habitación, “tampoco es que la realidad fuera antes demasiado consistente”. Silbó para reclamar la compañía de aquel perro sin dueño que ahora compartía su espacio y trató de dormir, preguntándose si en algún despertar, el mundo volvería a materializar en su habitación todo lo que un día había perdido.

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