La película

Una típica noche de otoño, las dos de la madrugada.

Cinco amigos en un puente, en una ciudad vacía. Todo está apagado, no hay vida, casi no pasan coches, sólo quedan las conversaciones y bromas después de haber visto una película que a ti ni siquiera te ha gustado y que has visto por compromiso.

El alcohol, el relax tras la película insufrible y el espacio vacío y oscuro hacen que veas cómo la patética estructura del puente, que tiene unas luces que no paran de cambiar de color, parezca lo más extraordinario del mundo. Todo es armonía. El ambiente huele a frío, a humedad, con un toque dulzón como el que deja la lluvia al mojar la tierra en la lejanía.

La película te ha parecido una mierda, pero sales encantado porque hay una escena que te ha reconfortado y te ha parecido como una especie de oasis en un desierto. Es la escena en la que los dos protagonistas parecen que están dormidos y se ve en un primer plano las caras de uno y de otro, alternadas, como si el espectador pudiese sentir cómo se miran disimuladamente. Por un momento has vivido ese momento. Ha durado diez segundos.

Te has quejado demasiado, al final la película ha sido soportable, al final no todo ha sido tan malo. Ha sido una noche estupenda.

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