Situación sentimental: Pública

Qué bonito puede llegar a ser enamorarnos, qué felices somos cuando experimentamos esa sensación…y cómo nos gusta mostrarla al mundo. Demasiado.

En un momento en que Internet se convierte en nuestro periódico, nuestro álbum de fotos y, probablemente, nuestro mayor entretenimiento, era inevitable que los sentimientos también llegasen a abordar todas y cada de nuestras redes sociales. ¿Cómo no iba a suceder si nos hemos acostumbrado a publicar nuestra modesta y pocas veces relevante opinión sobre cualquier cosa que ocurra en nuestras vidas? ¿Y cómo no íbamos a darle importancia al amor en aquellos portales donde somos capaces de darle belleza y envergadura a un café y una tostada con mermelada?

Todos somos conscientes de que el amor es uno de esos sentimientos que más euforia pueden llegar a provocarnos. No es complicado pasear por las calles y adivinar en los rostros de absolutos desconocidos quién ha tenido una buena cita. Las sonrisas y el optimismo que despierta el sentirse querido y la necesidad involuntaria que tenemos de mostrarlo al mundo son comprensibles en un momento en el que las buenas noticias no abundan en nuestro día a día. Pero hay un gran abismo entre demostrárselo a tu pareja o seres cercanos y compartirlo explícitamente con gente con la que probablemente no has cruzado nunca un saludo.

El problema no es enamorarte, sino que sobreexplotar ese sentimiento en tus redes sociales hasta convertirse en nocivo. Cambias tu situación sentimental en Facebook -porque es un dato de gran interés, por supuesto-, escribes poesía barata en Twitter y llenas tu cuenta de Instagram con millones de fotos besando a tu pareja en cualquier rincón del mundo, añadiéndole alguna frasecita cursi que demuestre lo perdido que estás por aquella persona que te hace ver la vida de otro modo. Pero lo que realmente preocupa en todo este asunto no es la empalagosidad prefabricada e innecesaria que desprenden estos actos que parecen denotar una carencia de afecto en lugar de todo lo contrario, si no que gran parte de la sociedad los haya aceptado como los únicos que demuestran que dos personas se quieren realmente.

Nos hemos permitido llegar a un punto en el que los lazos que unen a dos personas peligren porque una de ellas no quiera exponer su intimidad ante la mirada de cualquiera. La desconfianza se empieza a crear cuando alguien lleva tiempo sin enviarle por alguna red social a su pareja aquello que le repite día tras día en la realidad, y los celos se crean cuando hay una tercera persona que consigue tener más interacciones con él de las que tenéis entre vosotros dos. Desgraciadamente, hemos llegado a un punto en el que el peso de un “Te quiero” expuesto en una plataforma electrónica parece tener más peso que aquel que se dice cara a cara y, por lo tanto, con mucha más convicción.

En una época en la que estamos tendiendo a que nuestra intimidad esté cada vez más vacía y que ésta se mida por la capacidad de exponerla al público, lo ideal sería dejar de lado las pantallas y disfrutar de ese trayecto que la vida nos hace recorrer junto a otras personas. Quizás debamos experimentarlo y sentirlo en vez de constatarlo continuamente, puesto que no sabemos cuándo puede llegar el momento en que cada uno tome un camino diferente. Hay que darle prioridad a lo que realmente lo requiere. Y si todavía necesitáis salir de dudas respecto a qué es lo verdaderamente importante, preguntaros por qué en nuestro corazón no existe la opción de darle al botón de “eliminar” que facilite olvidar las rupturas.

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