“No vuelvas a hacer preguntas estúpidas”

 BOLAÑO

 Recuerdo que cuando tenía ocho años, como regalo de Reyes, recibí un bonito conjunto de utensilios para escribir y dibujar: un cuaderno de dibujo con un gramaje especial para acuarelas y una cajita de madera con lápices y acuarelas –que saltaba a la vista que dicha cajita se salía del presupuesto habitual de una familia de clase media de la época, es decir, la mía–. Aquel regalo me hizo inmensamente feliz, y no veía el momento de estrenarlo en las clases de dibujo del colegio.

 Tras las vacaciones de Navidad –concretamente, días más tarde de la vuelta a la rutina académica−, llevé mi kit del buen artista a clase y, por supuesto, lo estrené.

 Parece ser que aquel día debía estar inspirado porque, en las primeras páginas del nuevo cuaderno, comencé a dibujar unos figurines similares a la los de ‘La zapatera prodigiosa’ (posiblemente porque había pasado toda  la tarde del día de Nochebuena con mi tío Pedro, que se dedicó a enseñarme todo lo que poseía sobre de Lorca. Incluido unas réplicas de dichos figurines). Tras mucho trabajo de lápiz, goma de borrar y pinceladas de acuarela, inundé las tres primeras páginas de mi nuevo cuaderno de dibujo de color. Justo después, muy decidido, aparté todos los materiales de dibujo y me quedé con un solo bolígrafo azul y abrí el cuaderno  por las últimas páginas y escribí con unas bien apretadas con el boli letras mayúsculas:

OBRA DE TEATRO: ¿QUÉ ES EL AMOR?

Inocentemente, me vi escribiendo una conversación entre dos personajes (Julia y Martín los bauticé) sobre qué era el amor, algo de lo que, a mis ocho años, aún no conocía.

 Don X, mi maestro, tenía la costumbre de ir por los pasillos de los pupitres para ver lo que dibujábamos, y cuando llegó a mi puesto, vio que mis lápices y acuarelas ya estaban guardados y que yo dedicaba mi tiempo a hacer otra cosa que no era dibujar.

        −Curro, ¿estás haciendo la tarea de otra clase?

       −No, Don X, escribo una obra de teatro para estos personajes.

 Emocionado por mi trabajo, le mostré las primeras páginas de mi cuaderno, y cuando me disponía a explicarle que esas figuras dibujadas en esas páginas eran Julia y Martín, los protagonistas de mi obra de teatro sobre el amor, me arrebató el libro y fue directo a las últimas páginas. Don X comenzó a leer y su cara de circunstancias paso a ser una cara divertida y después jocosa. Al momento se dirigió a su gran mesa de maestro y cogió el tan temido por todos boli rojo de los suspensos o notas para citar a los padres o escribir observaciones en los trabajos mal hechos, y, sin sentarse, solo apoyándose en la mesa, escribió algo en la página que yo había comenzado a escribir mi primera gran obra. En cuanto terminó, se acercó a mi mesa aún con la sonrisa jocosa puesta, me entregó el cuaderno cerrado y me dijo “Curro, tú pinta castillos o al Ratón ‘Miqui’. ¡O toreros!, pinta toreros que eso siempre da dinero”.

No supe lo que había escrito hasta que llegué a casa.

 Lo primero que hice fue ir a mi habitación y vaciar la mochila encima de la cama y agarrar el cuaderno para leer lo que fuese que había escrito Don X. Ahí estaba. Lo escrito con boli rojo en la parte inferior de la página por mi maestro:

     “¿Qué es el amor? El amor es una estupidez entre dos estúpidos.

                     Curro, no vuelvas a hacer preguntas estúpidas.

  Esas palabras escritas en rojo y con brío y destreza contrastaban con mi caligrafía de niño recién salido de la etapa de los cuadernillos Rubio. Dolían, esas palabras dolían aunque no sabía por qué.

  Por cierto, ese cuaderno no lo volví a abrir.

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