Let’s have a kiki…pero no me digas ‘I Love You’

Sexo. No hay palabra en nuestro vocabulario que contenga tanta polémica ni despierte tanta controversia. Una sencilla unión de cuatro letras cuyo concepto es uno de los más complejos y retorcidos de la historia de nuestra existencia. Los hombres, según estudios recientes, pensamos en ello unas diecinueve veces al día. Las mujeres, más de lo que serían capaces de aceptar. Lo que está claro es que es un tema eternamente candente, de los que ruborizan, interesan y se adaptan a los nuevos tiempos a una velocidad pasmosa. De hecho, no sería descabellado afirmar que nos encontramos ante una nueva etapa de la sociedad bautizada, como no podía ser de otro modo, como la Era Sexual.

Anuncios de televisión que parecen la antesala de una película pornográfica, videoclips que sobrepasan la barrera del erotismo, escenas subidas de tono en cualquier serie o el twerk como baile estrella no hacen más que afianzar que nos encontramos ante una época en la que las represiones y los tabúes respecto a esta práctica ancestral están desapareciendo con una normalidad pasmosa. El mundo se ha sexualizado, asumiéndolo y disfrutándolo con una libertad casi absoluta. Hemos encontrado la manera de llegar al Paraíso sin necesidad de abandonar nuestra parcela terrestre.

Pero, al igual que en el Edén, hay manzanas envenenadas que pueden suponer nuestra perdición. Resulta imposible creer que no existen daños colaterales ante tanta liberación sexual. Y es por eso que el peso del deseo carnal incline la balanza a su favor y devalúe a su eterno contrincante: los sentimientos.

Todos podemos comprobar en nuestros círculos sociales que nos encontramos en una etapa en la que se folla más y se ama menos. La gente comenta y escucha con verdadero interés sus recientes aventuras de cama, pero desatiende aquellas que tienen lugar dentro de ellos mismos. Tras tantos sufrimientos emocionales, la multitud prefiere anestesiar su corazón y dar rienda suelta al disfrute sensorial. La búsqueda del amor, en definitiva, se ha suspendido para dar lugar a la caza de un cuerpo que logre estremecernos con sudores, espasmos y gemidos. Un gran número de personas andan tan ocupados ansiando el orgasmo que se han despreocupado por cuidar un aspecto mucho más enriquecedor y longevo.

La gravedad del problema es que, en un mundo en el que las redes sociales aumentan infinitamente la posibilidad de relacionarnos con otras personas, el distanciamiento emocional entre éstas es cada vez más palpable. Mucha gente desnuda sus cuerpos en busca de followers y likes, prefieren dar a conocer su ropa interior antes que sus gustos musicales y se afilian a sus curvas sin apenas conocer qué piensa aquel que las posee. Hay quien prefiere comentar la última postura sexual que ha practicado y ocultar la última cita que le sacó una amplia sonrisa. Buscan adentrarse en camas ajenas, pero huyen de ellas cuando su acompañante les dice “te quiero”. Se está desarrollando la capacidad de penetrar en cualquier cuerpo que nos provoque una cierta atracción, pero se empieza a olvidar cómo se adentra en el interior de esa persona para que llegue a necesitarnos más allá de la estimulación.

En definitiva, vivimos en una sociedad que tiende a abrirse de piernas y a cerrarse de sentimientos. Nos hemos convertido en una colectividad que se aferra a las posesiones materiales para convertirlas en un manto que cubra sus verdaderas carencias afectivas. Una porción del mundo ha terminado adorando el físico y defenestrando la personalidad y la capacidad de atarnos sentimentalmente a alguien, encerrándose en una jaula donde todos son cazadores y presas de ellos mismos. Somos erráticos e impulsivos por naturaleza, y quizás por eso continuamos tropezando con la misma piedra y mordiendo la misma manzana prohibida. La gente termina tendiendo a defender aferradamente el amor o a vapulearlo con crudeza. Y quizás sólo lograremos hallar todas las respuestas y satisfacer nuestras necesidades si somos capaces de disfrutar del sexo y de los sentimientos sin tapujos ni remordimientos. Cuando consigamos que un “dame más” y un “te quiero” consigan fundirse en un único término.

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