Mi primer amor

¡Claro que sí! Atrévete a decírselo. ¿No ves que él también te está buscando?“, me decía mi mejor amiga hace más de media vida. Todos nos hemos enamorado como mínimo una vez. En el primer amor ves señales que aparecen por todas partes, que te dan la razón y te animan a que te lances. Señales a las que al principio no quieres hacer mucho caso, que asocias a tonterías de la edad. Señales que van haciendo huella en tu corazón día tras día.

Con 15 años recién cumplidos te lanzaste sobre mí en la piscina. Era el primer día de las vacaciones y nos pasamos la tarde jugando a darnos revolcones por el césped, disfrazando esos acercamientos de traviesa inocencia. Unas semanas más tarde, en el parque de atracciones, te agarraste a mí en la primera bajada de los troncos de agua y yo te rodeé con mis piernas durante todo el resto del recorrido. Apoyaste tu cabeza en mi pecho, de espaldas a mí, y te acaricié el pelo. Tus manos se agarraron fuerte a mis rodillas mientras subíamos la última cuesta para acabar bajando lentamente hasta mis tobillos. Pronto empezaron de nuevo las clases.

Pasaban los meses y ninguno de los dos se atrevía a dar el paso. Así que en la cabalgata de Reyes del barrio le eché huevos. Conseguí que, por un momento, dejáramos de lanzar caramelos contra los pajes para darte la mano. Me miraste con esos enormes ojos verdes y te dije “dame un beso“. Te acercaste, y me diste uno bien sonoro en la mejilla. Te sonreí. Me soltaste la mano y dijiste “a ver si le damos un caramelazo al rey rubio“. Con la sonrisa más boba que había tenido nunca hasta la fecha, me agaché a recoger caramelos del suelo para atacar juntos a los voluntarios de la cabalgata, la mayor diversión que pueden tener dos quinceañeros de barrio la noche de Reyes.

Cuando hagamos el último examen te diré una cosa importante“, le dije un día a la salida de clase. Unos días más tarde llegó ese último examen, el de física, que me salió fatal de lo nerviosísimo que estaba. Con suerte, se habría olvidado de aquello que le dije y me ahorraba la vergüenza de tener que sincerarme ante él. De camino a casa, esa misma tarde, me soltó: “¿Qué era eso que me tenías que decir hoy?“. Me puse rojo como un tomate al instante. Se acordaba. Mierda. Tenía que decírselo.

¿Tu qué crees que te voy a decir?“, le pregunté. “Que estás enamorado de mí“, contestaste. Pasé del rojo al blanco en un momento, un viraje cromático casi explosivo, y le respondí “Sí. Eso es lo que te quería decir desde hace mucho tiempo“. Clavaste tus ojos en mí y, tras un breve silencio que se me hizo eterno, dijiste “Tengo que subir a casa, ¿te vienes un momento?“. Empecé a temblar de tal manera que el recuerdo ha quedado grabado a fuego en mi memoria y aún puedo sentirlo mientras escribo estas líneas.

Subimos a su casa. Tanto él como yo estábamos callados. No había nadie. Le seguí hasta el dormitorio. Me miró fijamente y me dijo “cierra la puerta“. Cerré y él se quitó la camiseta. Abrió el armario. Sacó su camiseta de jugar a fútbol y se la puso. Yo estaba absolutamente petrificado, con la espalda clavada en la puerta. Él me miraba, sin decir nada. Recuerdo el ruido de su respiración. “¿No me vas a decir nada?“, acabé preguntando para romper ese silencio que empezaba a ser incómodo. “¿De qué?“, me preguntaste. “De lo que te he dicho antes de subir“.

Me dijo que no podía ser, que si estaba de coña. Que cómo iba yo a estar enamorado de él con lo que a mí me gustaban las mujeres. Que dejara de bromear, que no tenía gracia. Quizá a los quince años no todo el mundo tenía las ideas tan claras como las tenía yo. Mi primer amor se escurría entre mis dedos como un helado que se derrite antes de que hayas podido siquiera probarlo.

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