Subterráneo

Ambos llegaron con la misma exactitud a las puertas, todavía cerradas, de aquella estación de metro. De no haber sido así, probablemente, alguno de los dos habría dado media vuelta y se habría marchado en busca de un taxi o algún otro transporte público nocturno que lo devolviese de una vez por todas a casa. Lo más seguro es que ni siquiera habría avisado al otro, el que llegaba más tarde, de que todavía era demasiado como para coger el primer metro. Probablemente, ni siquiera habrían cruzado sus miradas. Pero el curioso destino hizo que sus cabezas estuviesen tan sumergidas en sus propios pensamientos que ni siquiera habían reparado en la hora que marcaban sus relojes durante el trayecto que les había llevado hasta allí. Y ahora, inevitablemente, se encontraban cara a cara en aquel callejón cuya salida permanecería bloqueada durante una hora más.

Ante aquel patoso despiste compartido, ninguno de los dos pudo reprimir una leve sonrisa de complicidad, la cual inició un ligero intercambio de palabras sin ninguna otra pretensión más allá que la de agilizar el transcurso del tiempo y aliviar la tensión que se suele producir entre dos desconocidos en un espacio tan estrecho. La conversación, inesperadamente, empezó a prolongarse más de lo esperado. Y, sin embargo, lejos de sentirse asaltados por un desconocido, les estaba resultando confortante. Ella estaba tan cómoda que, sin pensarlo, se escuchó invitando a aquel desconocido a tomar una hamburguesa en el restaurante de comida rápida de la esquina de la calle, abierto durante las veinticuatro horas del día. Él, que nunca antes había recibido una proposición así de alguien cuya identidad seguía siendo un misterio, aceptó extrañamente encantado.

Tras terminarse aquella deliciosa ingesta de calorías, continuaron charlando sentados en las escaleras que accedían a la estación. Los temas banales pronto se agotaron, por lo que no les quedó otro remedio que empezar a adentrarse en asuntos más personales. Era el momento de quitarse las máscaras que los mantenían en el anonimato y empezar a mostrar fragmentos de su verdadera identidad. Curiosamente, no les resultó tan complicado hacerlo. Siempre habían escuchado que era fácil sincerarse con desconocidos, pues estos no tienen la confianza suficiente como para dejar de prestarte atención y juzgarte. Ahora lo estaban comprobando. Ambos se escuchaban con detenimiento y respetaban sus turnos de habla, disfrutaban de sus anécdotas e incluso descubrieron que compartían algún que otro gusto musical y cinematográfico.

Contra todo pronóstico, se parecían más de lo que habrían imaginado. Y, en cierto modo, algo en sus cabezas empezó a asegurarles que aquel encuentro no había sido casual. De hecho, pese a que habían pasado por alto aquel detalle, era inevitable percatarse de que ninguno de los dos habían pasado por la mejor noche de sus vidas. Era fácil reconocer la tristeza que sentían en su interior en los rostros de otra gente que estaba pasando por lo mismo que ellos. Pero también sabían que, frente a aquel hallazgo, había veces que era mejor mantenerlo oculto. No había necesidad de corromper aquel momento tan agradable. No cuando, gracias a él, la angustiosa espera que estaban viviendo por culpa de una huida mal planeada estaba resultando tan agradable y placentera.

Sin apenas darse cuenta, las puertas de la estación se abrieron, y los otros pasajeros que también cogerían los primeros metros empezaron a aparecer. Había llegado el momento de partir, ahora sí, cada uno hacia su destino. Se despidieron con un fuerte abrazo, una sonrisa en el rostro y los mejores de sus deseos para el otro. Apenas llevaban una hora en la vida del otro, pero había bastado para conocerse mejor de lo que habían conseguido con otra gente durante muchos años.

Una vez ya se encontraban en distintos vagones, tanto él como ella repararon en que habría estado bien mantener el contacto en un futuro. No obstante, no se habían atrevido a pedirse el número de teléfono pese a las diversas ocasiones que habían tenido para hacerlo. De hecho, ni siquiera habían llegado a presentarse con sus nombres, lo cual no dejaba de resultar absolutamente curioso teniendo en cuenta la cantidad de experiencias y secretos que habían intercambiado.

Sin embargo, eran conscientes de que no había necesidad de volver a quedar una vez más. Ni siquiera hacía falta volver a cruzarse algún día. Sabían que lo que había ocurrido hoy les marcaría de por vida, manteniendo aquella sensación en su interior para siempre. Habían satisfecho una necesidad subterránea que había ansiado aflorar a la superficie desde tiempos inmemoriales.

Habían encontrado una cura para sus heridas en el lugar más inhóspito del mundo.

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