Esplendor en la (mala) hierba que, con las ganas, podría escribir los versos de amor más tristes en los (ya no censurados) puntos prohibidos del mapa

  En la madrugada del Día de Todos los Santos, por casualidad, volví a ver, en buena compañía, a la dulce y, después, inestable Dennie Loomis interpretada por Natalie Wood y al novato y, a mi parecer, homoerótico Warren Beatty interpretando al apuesto y más caliente que una mona Bud Stamper.

  La historia es simple: chico mono, chica mona, atracción, enamoramiento, inevitable calentón y la disyuntiva de seguir las normas éticas y morales propias de 1928 o entregarse a la joven e incontrolable pasión. Como añadido, la presión constante de unos padres controladores; por un lado, un padre que intenta cumplir sus sueños a través del hijo y, por otro lado, una madre temerosa de Dios que −resumiendo− no deja de recordar a su hija que ‘el señor siempre está alerta ante los pecados carnales de su rebaño’.

  Insisto, la historia es simple (y aún más mi síntesis de la misma), pero  William Inge supo dar forma a esa simpleza y escribió un guion bien hilado y cerrado con unos versos pertenecientes al poema “Oda a la inmortalidad” del romántico William Wordsworth que, tras el visionado de la película, dan lugar a una lectura muy distinta al carácter romántico del texto:

 

“[…] Aunque nada pueda hacer

volver la hora del esplendor en la hierba,

de la gloria en las flores,

no debemos afligirnos

porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo […]”.

 

  Me resulta curiosa esa visión de un pasado hermoso que perdurará en el recuerdo, una visión melancólica de un tiempo que queda perenne e intacto en nuestra mente, siempre disponible para ser rememorado. Ese tiempo, el otro tiempo distinto al de ahora (la infancia, la juventud), está presente en la obra de Wordsworth con un uso de la naturaleza animada, llena de vida, y, a través de ella, el autor se expresa. Esa naturaleza viva, como si de un espíritu que rodea al autor se tratase, proporciona al mismo el don de expresarse a través de ella, es decir, un lenguaje propio.

  Aunque curioso, y no menos hermoso, nunca he compartido el halo romántico ni esos conceptos de inspiración. Siempre he pensado que todo surge de una idea o vivencia y, a partir de eso, se trabaja el texto. Le das forma. Montas y desmontas. Prueba-error. Funciona o no funciona.

Sí, soy simple.

  En verdad, me siento más afín a lo que rezuma el poema XX de Ricardo Neftalí Reyes Basoalto –Pablo Neruda para los amigos−:

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

 

Escribir, por ejemplo: ” La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

 

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso. […]”

 

 Él habla de un amor que se fue. Desamor en estado puro vivido en primera persona. Pero no olvida en ningún momento su función de autor. De poeta; puede que sus palabras hablen de  sentimientos propios, pero esas palabras han pasado por una criba. Están perfectamente seleccionadas. No se deja nada al azar. No escribe al dictado de nada ni nadie. Solo de él: Pablo Neruda como autor. Por eso nos deja claro desde el primer verso que puede “escribir los versos más tristes esta noche”. Es decir, está produciendo, como artesano, el producto: el poema. Aunque inspirado en una realidad, se transforma y se le da forma y se convierte en una bella mentira verosímil y literaria que proporciona al lector un bálsamo para su real desamor… O para el simple disfrute de la lectura.

 

 En definitiva, lo que ocurre es que solemos olvidar que, en el fondo, los textos literarios son una mentira pactada con antelación con los posibles lectores aún desconocidos; todos firmamos ese pacto ficcional desde el momento que nuestros ojos engullen la primera letra del texto pero, por desgracia, no todo el mundo firma ese contrato.

  Casualmente, eso mismo me ha llevado alguna vez a la tan mala práctica de la autocensura (aunque en verdad fuera censura impuesta y punto). Aquel texto se llamaba (y sigue llamándose) “Los puntos prohibidos del mapa”:

 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche, pero no lo hago. Voy seguro con mi mapa, evitando los puntos marcados en el papel desdoblado, rodeando las zonas prohibidas de la ciudad y descartando el desencuentro.

 

Una rutina fácil y efectiva: actuar como quien no es, como quien no existe; conozco las horas vetadas y los pasos de cebra en los que nunca más me detendré.

[Si tropezamos en la misma piedra dos veces, yo lo hice dos y diez veces más.]

Ahora asumo, acepto y cierro la puerta, y dos vueltas de llave y la (llave) entrego a don Ricardo y a doña Alejandra y a doña María, que sus consejos bien bien hacen y disipan la pena.

 

[Ya no me muero de ganas de decirte cosas como que te voy a echar de menos, ya no.]

 

[…] Aunque éste sea el último dolor que el(la) me causa,

 

Y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.” don Ricardo escribía, que no decía; yo lo digo, lo escribo y escupo sobre ello. ¡Que traigan el caldero y gasolina, que hoy se quema lo antiguo!

 

        [Que pase el varón.]

“[…] me retiro de esta batalla, […] aguanto la daga,

profundo respiro. Me entrego a la ley de existir.” doña Alejandra recitaba, también cantaba; yo lo recito, lo canto y escupo sobre ello. ¡Que retiren las fruslerías calcinadas; devuélvanlas  al que las trajo!

 

        [Que pase el varón.]

Mientras tanto, seguiré evitando los puntos prohibidos del mapa hasta que sea capaz de desprenderme de la alianza inventada.

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