Abajo el muro

Ayer hizo 25 años de la caída del muro de Berlín. Ciento sesenta kilómetros de hormigón que partieron la ciudad en dos mitades durante veintiocho años. A lo largo de esas casi tres décadas, la cuadriga de la Puerta de Brandenburgo estuvo contemplando el muro cada día con la mirada impasible. Hay veces que te has sentido como ella: viendo la vida pasar mientras la gente con la que te vas cruzando va haciendo y deshaciendo, uniendo y separando, haciéndote feliz y haciéndote daño. Siempre desde lo alto de un pedestal en mitad de la tierra de nadie. Ni de unos, ni de otros. Eras un símbolo invisible.

Cada mañana sentías en tu espalda la suave brisa que llegaba del Tiergarten, el parque más grande de la ciudad. Cada atardecer veías como la cúpula de la catedral y la torre de la tele arañaban el cielo naranja frente a ti. Algunos días veías gente del oeste que se intentaba acercar a ti para pedirte que llevaras su carta al otro lado, pero tus caballos no te dejaban dar la vuelta, de la misma manera que en su día se negaron a resistirse a Napoleón cuando te arrastró de los pelos hasta París. Ninguno de esos días dejaste de sonreír. Aceptabas las desgracias ajenas y tus propias desgracias con resignación.

Después de todo este tiempo, quizá va siendo hora de soltar los caballos y tirar tu muro abajo. Mirar la vida a ras de suelo, pues te ha quedado claro que aunque habías estado bien arriba, no has sido nunca superior.

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