Grindr Warp

Su teléfono vibró sobre la mesa y emitió ese sonido que tan bien conocía y que quería decir que otro chico había mostrado interés en él. No contestó inmediatamente. Nunca lo hacía. Siempre les hacía esperar, no quería que pensaran que estaba pendiente de la aplicación durante todo el día.
Acababa de salir de la ducha y su cuerpo aún estaba húmedo. Contempló en el espejo la perfecta simetría de sus músculos, fruto de horas en el gimnasio. En lugar de secarse, cogió su smartphone y se hizo una foto frente al espejo. Como no le terminaba de gustar, se hizo otra.
Y otra más.
Dieciséis intentos más tarde, consiguió la pose perfecta, que la luz cayera sobre él de forma que realzara aún más sus abdominales y una expresión facial entre despreocupada y casual, como si aquella foto no fuera con él. Le puso un filtro Valencia y la subió. En tres minutos, tendría más de ciento sesenta likes.
El móvil volvió a avisarle de que alguien volvía a contactar con él.
Abrió una de tantas aplicaciones de contacto en las que estaba apuntado. Tenía más de treinta mensajes sin abrir. Leyó uno al azar. Frunció el ceño, como si hubiera visto algo que le causara asco. Respondió el mensaje:
Pero qué dices, tío? Estás gordo, tú flipas, qué más quisieras.
Nunca supo el daño que hizo su respuesta a la persona que estaba al otro lado. De hecho, no le dedicó un solo pensamiento más. Abrió su armario. Se enfundó unos pantalones vaqueros rotos y con aspecto de estar descuidados que, sin embargo, eran nuevos y le habían costado casi cien euros. A continuación, una camiseta dos tallas más pequeña. Su plan era ir a su bar preferido de Chueca, saludaría unos cuantos conocidos (guapísimos todos, por cierto) y se dedicaría a beber una copa mientras permitía a los demás que le comieran con la mirada. Se esforzaría en fingir que no existían. Cuando se aburriese, cogería al chico más espectacular del garito (sin contarle a él, claro) y se lo llevaría a casa para echar un buen polvo.
Pero nada de permitir que se quede. Que luego se vaya a dormir a su puta casa.
Antes de salir, comprobó que ya tenía doscientos sesenta y dos likes.
Entonces el móvil vibró de nuevo. Abrió la aplicación de zorreo.
¡Joder, qué bueno está éste! – pensó.
La foto mostraba solo el musculado torso de un chico. Leyó el mensaje que le había mandado:
Vas a quedarte solo, Rubén.
Se quedó perpelejo. No sabía quién podía ser ni cómo sabía su nombre. Por otra parte, tampoco era tan raro. Tenía más de dos mil seguidores en Instagram. Era toda una celebridad. Se excitó ante la idea de lamer ese torso. Seguro que tenía pollón. Le preguntó quién era y la respuesta no se hizo esperar.
No te lo creerías ni aunque te lo dijera.
Rubén hizo un repaso mental de los los tíos que habían pasado por su cama, intentando averiguar quién era aquel misterioso anónimo descabezado, pero el caso es que, aunque sexy y perfecto, aquél era un torso que podría pertenecer a cualquiera. Intrigado como estaba, le pidió una foto de cara.
El teléfono volvió a vibrar. Aquel chico no se hacía de rogar con las respuestas. Le había mandado lo que le había pedido. Perfecto, si además de estar bueno, era tan obediente en la cama como lo era en el chat, muchísimo mejor.
Abrió la foto. Contempló a un chico unos quince años mayor que él. Tenía unos ojos verdes como los suyos, rodeados de algunas arrugas discretas pero muy bien puestas. Una fina barba barba negra salpicada de algunas canas enmarcaba un gesto serio. Le pareció muy atractivo y sí, definitivamente le resultaba familiar. Seguramente se lo habría follado ya. Se fijó mejor para intentar recordar.
Y entonces se dió cuenta.
El teléfono se le cayó al suelo. Durante unos instantes, sus ojos miraron al infinito. No supo cómo reaccionar. Sintió que un sudor frío le calaba la parte posterior de su camiseta. Recogió el móvil y volvió a mirar la foto.
Se estaba contemplando a sí mismo, pero algo más envejecido.
Tenía que ser una broma. Le respondió riéndose y felicitándole por lo conseguida que estaba esa app de envejecimiento de fotos que sin duda había usado quien quiera que estuviera hablando con él.
Esperó una respuesta, pero no la hubo.
Volvió a contemplar la foto y sintió como si esos ojos más experimentados le devolviesen la mirada. Le invadió un repentino vértigo. Fue entonces cuando lo sintió.
El correr de los años.
Cayó a lo largo de un túnel abierto a través del tiempo. Iba pasando a través de los años, sus años. Ante sus ojos iba desfilando su vida.
Y le invadió una terrible tristeza.
A medida que iba cayendo más y más en el oscuro abismo de su destino, se dio cuenta de que los likes, el falso cariño de aquellos a los que no podía llamar amigos y esa relativa popularidad que tan orgulloso le hacía sentir eran la antesala de un futuro triste en el que no tenía a nadie a su lado.
Estaba solo.
De hecho, siempre había estado solo.
Dejó de caer. Había vuelto a su dormitorio. Apoyó la mano en la pared. La sensación de vértigo tardó un par de minutos en irse. Notó que todavía sostenía el móvil en su mano. Le vibró ante la llegada de un mensaje. Lo abrió.
Aquí en el futuro estoy muy solo.
Un escalofrío le hizo estremecerse.
Nadie se merece estar solo – contestó.
Has cerrado tu corazón. Sólo te preocupas por ti mismo fue la contestación que le llegó. A los pocos segundos, el móvil vibró de nuevo: Vivir dándole la espalda a lo que de verdad importa tiene su precio.
Rubén dejó escapar una lágrima. Tecleó de nuevo y envió un mensaje desesperado.
No quiero que estés solo. No deseo seguir estando solo.
No obtuvo respuesta. Insistió y le mandó un nuevo mensaje.
Quiero cambiar. Dime qué tengo que hacer para salvarte.
La pantalla se iluminó con la respuesta:
Acabas de dar el primer paso.

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