Y encima querrás que cantemos en la Iglesia y en la fiesta

Era el gran día. Parecía que nunca iba a llegar, pero así era. Edu y Carlos habían decidido casarse después de muchos años de relación. Todos sus amigos pensamos que no era necesario que montaran toda la boda, sabiendo lo costoso que es, con que nos invitaran a unas cañas teníamos más que suficiente. Ellos se empeñaron en la idea, y quienes éramos nosotros para quitarles esa ilusión por compartir su unión.

Allí estábamos, sus amigos, familiares, y algún que otro conocido que tenían en común. Todo comenzó como viene siendo habitual, aunque el lugar no lo era: una especie de nave industrial decorado por unas vidrieras que representaban algunas de las escenas más míticas de videoclips contemporáneos, en un espacio que representaba una Iglesia postmoderna pero sin ningún tipo de cruz o de elemento religioso. Ya lo habían avisado en las invitaciones: “Esta va a ser la boda que vais a recordar de por mi vida ¡más incluso que la vuestra!”

Todos nos sentamos en los lugares asignados. Al otro lado del pasillo había un chico rapado, con barba y unos ojos oscuros de los que transmiten. Me lo habían presentado en la despedida de soltero de Edu, “Es un chico interesante” me dijo, y habíamos hecho muy buenas migas. Nos echamos algunas miradas y guiños divertidos desde que nos vimos.

De repente empezó a sonar la música, un DJ estaba en una especie de altillo y había lanzado una canción. Cuando menos nos lo esperábamos, un portazo y un grupo de amigos entraron en una casi perfecta sincronía al ritmo de esa canción que tanto les gustaba a los dos. Nos prometieron un espectáculo, y eso es lo que pensaban dar. Los novios no saldrían hasta que hubieran pasado varias canciones. Mientras aquel chico y yo nos seguíamos mirando hasta con cara de nervíos…

…hasta que nos levantamos de nuestros asientos, nos juntamos en el pasillo… y sucedió… nos unimos al siguiente número musical. Habíamos estado ensayando durante un mes para nuestro gran momento de gloria. Quizás no saldría perfecto, algunos pasos se nos irían, pero sólo sé que las caras de felicidad de Edu y Carlos eran brutales.

No sólo eran ellos,  las familias y amigos se les veía en un estado de felicidad grupal que pocas veces se consigue encontrar. Números musicales, actuaciones de grupos que nadie sabíamos que estarían o un peculiar maestro de ceremonias. Creo que a todos lograron sorprendernos, casi de una forma única. Era su boda pero querían hacernos felices a nosotros.

Aquel chico y yo seguimos charlando toda la noche, no sé como fue, simplemente me sentí a gusto en ese punto de haber hecho una piña con un desconocido hasta hace unos días. Mil selfies, confidencias y unos tontos planes de futuro que sabríamos los dos que quizás no se cumplirían.

El final fue apoteósico, divertido e inolvidable. En ese instante todo parecía pasar a cámara lenta, como si quisiéramos recordar cada instante en el futuro. Un último mensaje en forma de regalo de los novios: “Cada persona es especial. No pierdes la oportunidad”

Él y yo nos fuimos de la mano, y ahora vemos amanecer. No hay más allá de aquel paisaje.

*Nota de Fernando: Espero que mi boda sea algo tan inolvidable como ésta. Avisados quedan todos los futuros invitados.

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