Me venía de paso

La primera vez que él vino a traerte flores, te sorprendió un poco. Habías olvidado que los desconocidos tambien podían ser amables, a veces.

—Me venía de paso —se justificó él. Y te ofreció el ramo envuelto en celofán crujiente—: Son para ti.

Eso último lo dijo con una sonrisa medio tímida, como si no fuera evidente. Pero te gustó que lo aclarara, que no dejase ningún margen al error. Los chicos claros son de fiar, pensaste. Ni siquiera te atreviste a confesarle que nunca te habían entusiasmado las flores. Agradeciste el regalo devolviéndole la sonrisa.

Pronto te acostumbraste a sus visitas. Aquel chico parecía saber cuándo se marchitaba el ramo anterior para entregarte otro, fresco y radiante como si siempre fuera primavera y su misión consistiera en traértela por la puerta.

—Me venía de paso —aclaraba él antes de darte las flores.

Poco a poco, les cogiste el gusto. Empezaste a apreciar olores, a distinguir sus nombres por los matices de color. Te hiciste ilusiones: con él cerca, jamás te faltarían flores para adornar tu piso. Llegaste a creer que aquello era lo más normal del mundo, que un chico le llevara flores a otro a la salida de su trabajo. ¿Por qué no lo habías descubierto antes? Que todo podía ser tan, tan fácil…

Así que empezaste a arreglarte más, por si el chico aparecía por sorpresa. Las primeras veces te había pillado feo, con tus camisetas viejas, y sudado, y cansado. Ya no. Por él, renovaste tu vestuario, te perfumabas todos los días. Querías estar guapo para cuando él cruzase el umbral, con su flequillo al viento y la sonrisa ancha y las flores nuevas.

Y durante unas semanas, todo siguió así, avanzando hacia un final prometedor. Como las olas azules que solo estallan en verano. Pero él dejó de venir sin avisar. Le esperaste, y le esperaste, hasta que te cansaste de esperar. El enfado duró un poco pero enseguida se te pasó. En el fondo, él había sido sincero desde el principio. Alguien que siempre estaba de paso nunca pretendió quedarse.

Por suerte, tenías una floristería cerca de casa, y gracias a él ahora sabías mucho de flores. Tu piso ya no volvería a estar triste. Sí, de vez en cuando aún derramarías alguna lágrima por lo que podría haber sido y no fue, pero nada más. No lo permitirías. Mejor quedarte con las flores, la alegría, la primavera.

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