¿Y tú, a quién temes?

A todos nos encanta pasar miedo. Desde pequeños, nos han obligado a temer ciertos personajes con el fin de lograr hábitos y comportamientos adecuados. Aprendimos a convivir con el Hombre del Saco o el Coco, y por ése motivo no cerramos las puertas a nuevos y terroríficos inquilinos procedentes de decenas de historias de terror que se instalaron en nuestro interior y, quizás, lograron crearnos algún que otro trauma.

Con el paso del tiempo, pese a que muchas de esas fobias queden incrustadas en tu subconsciente y salgan a la luz en determinadas ocasiones, has aprendido que el miedo se experimenta ante otro tipo de sensaciones, digamos, más reales. Uno ya no se asusta pensando en zombis, monstruos, fantasmas u otros personajes dentro de la mitología del terror, sino que temblamos ante miedos más reales como pueden ser la soledad, la muerte, las decisiones erróneas y, cada vez más, el anonimato.

El caso es que, como personas, necesitamos cierta dosis de miedo en nuestras vidas. Nos encanta sentirnos amenazados para poder sacar toda la adrenalina y el instinto de supervivencia que llevamos dentro. Por ese mismo motivo disfrutas viendo películas de terror, aunque luego tengas que pasarte toda la noche vigilando la puerta de tu habitación. No obstante, pese al pánico momentáneo, tienes la extraña certeza de que jamás vivirás esas experiencias en tus propias carnes. Tú eres mucho más listo que esos cerebros unineuronales que poseen los protagonistas de las películas del género. Estás seguro que jamás te acercarías a un rincón oscuro del cual proviene ése ruido que te ha despertado a medianoche, ni tampoco bajarías a un sótano en el que sabes que hay alguien esperándote con un arma afilada. Tú sobrevivirías porque, al contrario que ellos, ya has vivido en tercera persona esas experiencias.

Sin embargo, ahí estás, abriéndole la puerta a un desconocido con el que has contactado hace media hora escasa a través de una aplicación, dispuesto a compartir más que palabras y tratando de convertir aquella cita en otro recuerdo fácil de olvidar. De ese modo, terminas abandonándote ante tus instintos primarios, dejando que la lujuria impida ver cómo tu móvil continúa recibiendo avisos de notificaciones. Impidiéndote ver que aquella persona que has dejado entrar a tu casa no era la que estabas esperando…

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