Querida tía Emma

“Querida tía Emma:

  Aún recuerdo cuando, días antes de que Gale y yo partiéramos rumbo a España, mientras rellenábamos tus dos viejas maletas de cuero negro −las mismas que llevabais  tío Henry y tú cuando llegasteis por primera vez a Kansas allá por el 1960−, nos insistías una y otra vez para que canceláramos éste, como no has parado de llamarlo, “vuestro estúpido e innecesario viaje”, que Europa no era para tanto, y que España no estaba en su mejor momento. Incluso, intentaste convencernos a base de ‘chantaje material’ con aquello de que estabas dispuesta a prestarnos  tu ‘Chevy’ azul cerúleo para atravesar el país y que, además, te hacías cargo de todos los gastos del viaje. De todos. Solo a cambio de olvidarnos de −insistías− “vuestro estúpido e innecesario viaje”.

 En verdad, me alegro de no haber caído en tu tentación. ¡Me costó mucho rechazar tu manzana!; más aún  que a mí, a Gale −esa “zorrita” se vendería por veinte monedas de plata. Menos aún incluso−.

 Tan sólo han pasado un par de semanas desde que llegamos a Madrid, la capital de esta peninsulita tan cuca y castiza llamada España, y no han parado se sucederse situaciones de lo más pintorescas.

Como se nota que ya no andamos en Kansas.

 Tía Emma, no quiero aburrirte con nuestras historias para no dormir y no quiero atestar éste email relatándote cuántas ventanas no tiene el ‘armario’ de casi 38 metros cuadrados que, a duras penas, hemos podido alquilar o que después de convenir por teléfono un precio con el que sería, horas más tarde, nuestro casero oficial −lo de ‘oficial’ es un decir: Ozcar (ese es el nombre de nuestro casero) dice que en España no es necesario firmar un contrato de alquiler, que es una pérdida de tiempo y que solo basta un apretón de manos en plan compadre entre casero e inquilino. Y además de todo lo anterior, que le entreguemos en efectivo y a primera hora de la mañana de los días diez de cada mes el, como él lo llama, “sobrecito con el parné”−, al tener nuestro primer encuentro en vivo para ver el estudio que nos había alquilado, él decidió añadirle a la mensualidad ciento cinco euros más. 

No, de verdad, no quiero aburrirte con cosas sin importancia.

 Lo que sí es importante es la cantidad de gente amable que hemos conocido Gale y yo en estas dos semanas que llevamos en Madrid. Sí, es cierto que casi todos son vecinos del edificio en el que vivimos, pero es que esos vecinos son de lo más encantadores. Por ejemplo, está Linda, la vecina del apartamento 9-N, que es profesora de flamenco y nos ha enseñado a ¿taconear o talonear?… Lo siento, no entendí bien esa palabra. También está la vecina del apartamento que hay justo debajo de nosotros, la del 8-E, que nunca la hemos visto ni oído pero siempre vemos un par de medias de listas horizontales blancas y rojas como las de Ronald McDonald tendidas en sus cuerdas que dan al patio interior del edificio. Por sus medias de color, Gale dice que debe ser una señora con el pelo alborotado, y muy divertida y alegre. A mí, quien mejor me cae es el chatarrero del 1-H, que aunque es un poco rarito −Linda nos dijo que es porque tiene el síndrome de Asperger, que tampoco sé lo que es, pero creo que no es contagioso−, parece tener buen corazón porque siempre saluda. Los vecinos favoritos de Gale son el señor loco sin nombre y sin hogar que vive en el cuarto de contadores y duerme sobre un saco relleno de paja y León, el vecino con barba y melena rizada del ático-R, que es el Presidente de la Comunidad de vecinos y, aunque él cree que manda algo, el que siempre tiene la última palabra es Ozcar, que para eso es el propietario del edificio. Por desgracia no todos los vecinos son sensacionales. Concretamente, hay una vecina que a Gale y a mí no nos gusta nada. Esa es la vecina del ático-N: es maleducada, viste como una menonita e, incluso, está a favor de la violencia −la sorprendí intentando hacer daño a un gatito negro que suele merodear por las zonas comunes del edificio y que yo llamo Totó. Esa mujer es una mala bruja y no merece que le dedique palabras bonitas.

Ni siquiera que la mencione.

 Además, parece ser que también es una mujer envidiosa porque se pone verde como una esmeralda cuando ve con qué amabilidad nos trata Ozcar. Por ponerte un ejemplo de esa amabilidad que tanto enfada a la bruja del ático-N, el otro día, Gale y yo necesitábamos imprimir algunas copias de nuestros currículos. Al ser domingo, no sabíamos dónde hacerlo así que le preguntamos a Ozcar por algún sitio donde poder imprimirlos y, entonces, él ofreció su ordenador y su impresora para hacerlo. También nos dijo que visitáramos su casa siempre que quisiéramos porque él estaría encantado de recibirnos. Verdaderamente, le encanta que estemos en su casa; nos anima a que nos pongamos cómodos y que disfrutemos del rico sol que da en su amplia terraza. Nos mima demasiado, tía Emma: nos pone crema en la espalda, en el torso y en la parte de atrás de los muslos porque dice que así nuestro bronceado será uniforme por todo el cuerpo, nos prepara combinados con sabores dulces y amargos y con colores muy llamativos, etc.; como te decía, es de lo más amable tanto con Gale como conmigo. De hecho, en cuanto acabe de escribir este correo, vamos a subir a que nos unte cremita en el culete y a tomar sol con él sin traje de baño porque dice que dos chicos como nosotros no deberíamos tener marcas de bañador, así que, tía Emma, me despido de ti mandándote muchos besos y abrazos de corazón para ti y para tío Henry.

 

                Os quieren mucho vuestros sobrinos,

 

                                 Theo y Gale.

 

  P.d.: No hace falta que nos enviéis dinero este mes porque Ozcar dice que le pagaremos de otra forma y que ya nos explicará después cómo.”

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