Kiss me Once

El primer beso llegó tarde.

O quizás fue demasiado pronto, no lo tengo claro.

Yo tenía 21 años y una sed desmedida. Sed de amar y ser correspondido.

Mi adolescencia había pasado sin esa satisfactoria sensación que intuía en otros. Decidí (aunque no sé si ésa la palabra adecuada) poner una máscara a mis sentimientos y caminar por el bulevar de mi juventud intentando que no se me escapase ningún suspiro por mi compañero de clase o por mi mejor amigo.

Creé ficticios sentimientos hacia otras chicas para tener una coartada que pudiera exculparme del crimen de no ser heterosexual. Llegué incluso a declararme a una amiga mientras tenía cruzados los dedos de los pies y en mi interior me repetía a mí mismo “que me diga que no, por favor…”

Creo que aquella fue la única plegaria con respecto al amor que fue atendida en aquellos años.

Muchas noches lloré en silencio, atenazado por el dolor de un amor que no era ni correspondido ni denegado porque ni siquiera podía sacarlo de aquel profundo y secreto rincón de mi corazón.

Sin embargo, nunca perdí la esperanza. Los que hemos crecido influenciados  por Disney sabíamos que el beso marcaba el final del maleficio. Mi adolescencia pasó sin poder flirtear con nadie, ni robar un beso en el portal.

Y ya no digamos pronunciar un “te quiero”…

Pero todo eso mereció la pena cuando dí mi primer beso. Fue cálido y lento. Mientras lo daba ( o lo recibía, más bien) supe que todas esas carencias que había sufrido durante años había merecido la pena. En ese momento las lágrimas derramadas no habían dejado ya ni una huella en la arena.

La vida, no obstante, no es una película de Disney. Ese beso, de hecho, no sólo no rompió el maleficio, sino que fue el inicio de una maldición que me perseguiría durante el resto de mi vida.

Porque los Príncipes Azules no siempre son dignos de nosotros. Ningún cuento de hadas nos muestra que tras ese beso final hay más miedo, dudas y decepciones. Y que tras ese Príncipe llega otro. Te rompen el corazón mil veces y te lo vuelven a curar. Y te repites mil veces que amar no merece la pena tras repetir otras mil más que el amor es lo más maravilloso del mundo.

A veces echas de menos aquellos años en los que te tenías que conformar con una idealización del amor. Porque sufrías, sí, pero era un sufrimiento menos complejo que el que te provoca el hecho de añadir a otra persona a la ecuación.

Otras veces, en cambio, te sorprendes a ti mismo intentando averiguar cómo era posible que pudieras sobrevivir sin sentir cómo te abrazan en la cama desde atrás en mitad de la noche.

Mi corazón se detiene sólo para palpitar con más fuerza.

Detrás del beso no hay un “Fin”, sino un “Continuará”.

Es eso lo que nos aterra y nos fascina a partes iguales.

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