Mi vida sin mí

Nadie es consciente del cambio vital que supone abandonar tu etapa universitaria hasta que te enfrentas a él. Tras años de formación tanto académica como personal -pues no hay que olvidar que esta fase te va a aportar lecciones fuera de las aulas que van a quedarse contigo durante toda la vida-, uno se lanza a la aventura del mundo adulto cargado de ilusiones, esperanzas y deseos de conseguir el éxito para el que te has estado forjando día tras día. Eres consciente de lo complicada que se va a convertir esa senda por la que has estado caminando durante todos estos años. Sabes que vas a empezar a conocer lo que son los sacrificios, las despedidas y los giros radicales. Te vas a lanzar al vacío por aquel acantilado, aunque lo cierto es que no tienes la certeza de saber qué es lo que hay en el interior de aquellas aguas. Ni tampoco lo mucho que te va a costar salir de ellas.

Y es que, pese a todo lo que nos han vendido durante nuestros años de infancia o de adolescencia, la entrada al mundo adulto es mucho más fría de lo que jamás habríamos llegado a imaginar. Aquí no van a haber comodines ni comodidades, sino obstáculos que se sobreponen unos a otros con la intención de hacerte tropezar tantas veces hasta conseguir que las heridas ni siquiera te duelan. Vas a descubrir que los monstruos existen, y que van a ser mucho más aterradores que los que te encontraste en los cuentos que leías a medianoche. Estos no te van a chupar la sangre o a devorar tus entrañas, pero sí que van a succionar hasta la última gota de esperanza o felicidad que habite en ti. Se van a aprovechar de tu energía hasta conseguir que no tengas los ánimos suficientes ni para levantarte de la cama.

La bienvenida al mundo adulto es, sin duda, el mayor bofetón que van a darte en tu vida. Es el momento en el que tenemos que bajar de las nubes  y enfrentarnos a una realidad donde tendremos que agachar la cabeza si queremos seguir adelante, donde las zancadas se transformarán en pequeños pasos que realizaremos con cautela para no caer en ese pozo de oscuridad que se asoma bajo nosotros, donde tú mismo vas a tener que administrarte el dinero para poder llevarte algo de comida a la boca o donde vas a aprender a convivir echando de menos aquello que unos pocos meses antes echabas de más. No van a existir condimentos que endulcen tanto como para eludir la crudeza que destila un mundo donde tú vas a ser una hormiga más y, como tal, podrás ser aplastada en el momento más inesperado.

Ante tanta decepción, es imposible evitar replantearte hasta tu propia existencia. Comienzas a estrujarte los sesos formulando preguntas inútiles cuyas respuestas jamás van a estar a tu alcance, te sientes tentado a desear haber tenido la suerte de algunas personas con las que te cruzas al andar por la calle o, simplemente, maldices el destino por no sabe repartir los problemas y los fracasos de un modo racional. Sientes pánico de seguir adelante, pero sabes que queda totalmente descartado el echar marcha atrás.

Lo único que puedes hacer es concienciarte de que esto no es nada más que otra etapa por la que hay que pasar obligatoriamente, al igual que lo han hecho todos y cada uno de los adultos que te ganan en años y en experiencia. Sabes que, pese a todos los males, la vida sigue; aunque desconoces cuál es la puerta que te tocará abrir a ti. Llegas incluso a asimilar que distas mucho de lo que un día llegaste a ser, y comprendes que has dejado de vivir para poder, simplemente, sobrevivir.

Y pese a todo, la crueldad que han experimentado tus sentidos no ha sido suficiente para que dejes de creer en los milagros. No sabes cuándo, ni cómo, pero esperas que ellos sepan encontrarte cuando todavía no sea demasiado tarde.

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