Una puesta de sol imperfecta

Al comienzo de una relación a distancia quieres forzar que todas esas complicidades de una rutina se sucedan concentradas en un fin de semana. Que todos esos momentos que espontáneamente puedan haberse dado a lo largo de quince días se vivan en esta tarde de sábado. Que puedas hacer check en casi todos los puntos de esa lista interminable de cosas pendientes de hacer juntos. Y así es normal que una frustración siga a la siguiente en el momento en que te das cuenta de que no hay tiempo material de hacer todas esas cosas. Ni siquiera puedes disfrutar plenamente de la compañía por la angustia que te produce la presión del reloj.

En un mismo día querías ver tres playas, compartir un arroz en un restaurante bonito y llegar a tiempo de ver la mejor puesta de sol de la isla. Pero el primer día te das cuenta de que puedes olvidarte de ese atardecer en octubre, pues el sol se pone demasiado al sur, y el segundo día una pandilla de nubes traviesas se ponen de acuerdo para destrozarte el momento en que el inmenso sol, ya anaranjado, desaparece bajo el mar. Cuando algo no sale como esperabas tu plan se desmorona como en una fila de fichas de dominó.

Hace un tiempo hubieras llegado a ponerte realmente triste por estos caprichos del azar. Te costó darte cuenta de que lo bonito de esta relación no es tanto el ser testigos del mejor atardecer, sino el simple hecho de pasar tiempo juntos. Vivir otras tantas puestas de sol imperfectas.

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2 comentarios en “Una puesta de sol imperfecta

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