El beso

El beso, el beso y su forma, la deformación del beso… Todos son variaciones de un mismo tema, que aún hoy me sigue sorprendiendo. Considero que en mi vida no he dado demasiados besos, los justos y necesarios, pero muchos menos de los que he deseado. Quizá no tenga una gran experiencia, pero todos los que he dado han sido con ganas, no así todos los que he recibido.

¿La forma de darlos? Bueno, mil formas, dos mil si son con lengua, porque es innegable que la lengua añade ese punto de placer que convierte un momento cualquiera en el mejor de tu vida. El beso, o cómo notar la barba de otro hombre provocando ese crujido mudo que solo escuchan los dos, el calor que da el aire que se escapa por la nariz o las cosquillas que producen las pestañas al rozar las mejillas. Pocas cosas hay mejor que eso, pero es difícil reunir las condiciones necesarias para que todo sea fuegos artificiales o purpurina.

Se puede dar el caso de que todo sea magnífico, y en ese caso te felicito, porque si sientes lo anterior es porque estás, como mínimo, encaprichado de alguien. Hay, sin embargo, otro hecho menos agradable, ¿quién no ha intentado dar un beso y se ha encontrado con un hueco vacío en el que no hay absolutamente nada? Hay gente que no lo da bien, aparte de por la falta de práctica, porque considera que es algo demasiado comprometido, porque es innegable que a muchos les cuesta enseñar el alma y eso provoca el que sus lenguas se escondan, casi como provocado por una especie de epilepsia sentimental. Es la deformación del beso.

¿Cuánto se puede deformar un beso? La respuesta es sencilla, cuando ya no sea un beso. Es ese momento en el que los labios de la otra persona rozan los tuyos y tienes la sensación de que la lengua es una lengua y se transforma como por arte de magia, de algo que provoca una erección indirecta en algo que simula ser una babosa, un ser repugnante de alguien ajeno.  Es en esos instantes, en la deformación del beso, cuando se provoca que la cubertería pierda su orden y se deje de hacer la cucharita, los cuerpos no se acoplen, causando que antes o después se acaben sacando los cuchillos.

El beso es ese elemento tan adorado y tan temido, es casi como un superpoder. Puede alegrar un día, una semana o medio mes, pero también puede destrozarte, porque cuando no recibes un beso con ganas notas que algo va mal y el corazón da un vuelco, como por instinto.

En cualquier caso, la teoría aquí no es nada útil, disfrutemos cuanto y cuando podamos. Besémonos, juntemos nuestros labios y cerremos los ojos. Notemos cómo las manos empiezan a acariciar el cuerpo ajeno sin poder controlarlo, dejemos de pensar y respiremos una y otra vez. Ya habrá tiempo para preocupaciones.

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