The beast inside

No somos tan distintos a los lobos. Pese a que tenemos el dudoso privilegio del razonamiento, nos dejamos llevar por nuestros sentimientos más primarios con una frecuencia mayor de la que seríamos capaces de aceptar. Y es que, por mucho que nos consideremos animales inteligentes, conseguimos los placeres más codiciados de nuestra indefinida existencia a través de los instintos más salvajes.

Basta con que caiga la noche para que dejemos de lado las apariencias y mostremos nuestras verdaderas caras. Placeres ocultos que la sociedad no acepta ni entiende a la luz del día, pero que incluso se atreve a compartir cuando las calles se vuelven solitarias. La oscuridad aterra y seduce a partes iguales porque las bestias viven en ella, y no hay nada más atractivo que la posibilidad de sentir como el estremecimiento recorre todos y cada uno de los centímetros de nuestros cuerpos. Dejamos de ser víctimas de la rutina para convertirnos en asesinos de prejuicios, reticencias y secretos que nos harán sentir más vivos que nunca.

Pero, al llegar la mañana, ésta nos encontrará heridos, vacíos y culpables. Sin embargo, nos repondremos con cierta facilidad, dejaremos que la fría agua de la ducha limpie nuestros crímenes y nos pondremos la máscara para saltar a la calle de nuevo con la falsa determinación de que todo cambiará esta vez. Interiorizamos la mentira y la digerimos con absoluta dignidad, aún sabiendo que, con la puesta de sol, volveremos a aullar una vez más.

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