Niño perdido

 

Peter pan

 

 

 

 

 

Antes de un hallazgo, siempre hay un extravío, una pérdida. Yo me perdí. Me perdí en mitad del camino; descubrí destellos en un lateral del sendero y, fascinado por los colores y los brillos, quise ver de cerca aquel juego de luces. Era un niño y quería tocar los haces de luz.

Y lo hice. Los toqué.

Al acariciar la luz, mi sonrisa perduraba en el rostro. Lo notaba. Sentía cómo los músculos faciales se activaban y asentaban la sonrisa como una expresión fija, casi perenne, y, hasta bien pasado un rato, no volvía a asomar la no sonrisa. Entonces, pensé que sería maravilloso no estar nunca jamás triste y me lancé a la luz. Literalmente, salté. Flexioné tanto las rodillas y apliqué tanta fuerza en el impulso que me sentí un ave en pleno despegue. Incluso, durante aquellos segundos que, para mí, fueron toda una vida, llegué a planear. Digo que llegué a planear solo unos segundos porque, tras aquél suspiro temporal, dejé de planear. Solo flotaba. Sonreía y flotaba en el aire. Desde ese momento, mi cuerpo no volvió a tocar el suelo. Había aprendido a volar.

Volar. ‘Volar’ es un término que desentona cuando, en una misma frase, también aparece ‘hombre’ o ‘adulto’, pero yo no era nada de eso, yo era un niño. Un niño que se había perdido y volaba.

¡Ah!, y sonreía.

En todo esto había algo que fallaba, y no era precisamente lo de volar. Sí, me mantenía suspendido en el aire y avanzaba al interior del bosque siguiendo las luces… pero yo no marcaba la ruta. El plan de vuelo era totalmente desconocido para mí. Y ahí fue cuando supe que, aquellas luces, que no eran luces, me habían invitado a su mundo, a su hogar.

Cuando los destellos comenzaron a ser más intensos y más cercanos, distinguí a otros como yo. A ambos lados, otros niños avanzaban suspendidos en el aire y con una sonrisa casi tan forzada como la mía, que, por cierto, empezaba a doler. De repente, dejamos de atravesar bosque alguno y solo había mar y bruma y la luz aumentaba según íbamos avanzando. Durante el trayecto a algún lugar donde, de seguro, nunca jamás había estado, tuve tiempo de descubrir que se pueden dar cabezadas mientras flotas en el aire o también puedes girar sobre tu propio eje y, así, elegir entre ver mar o cielo o, incluso, mantenerte erguido, como si caminaras sobre la nada. Desgraciadamente, también descubrí que cualquier intento de abandonar la aventura y volver al ya lejano camino era completamente imposible. Entonces, la bruma se disipó y, como si de un telón abriéndose al comienzo de una obra de teatro se tratase, nos mostró una isla. Una pequeña isla que desprendía rayos de luz. Además, allí debía de haber una gran hoguera ya que un inmenso remolino de humo nacía del centro de la misma.

Lo que estaba claro era que llegábamos a nuestro destino.

Nos situaron sobre un amplio claro en el bosque donde había otros niños, pero, a diferencia de los que llegábamos, parecía que ellos ya conocían el terreno; se movían como… Como si estuvieran en casa. Nos miraban, a los recién llegados, y casi todos nos saludaban. Agitaban sus brazos y gritaban bien alto saludos en distintos idiomas y deseos de que tuviéramos una buena y divertida estancia. Como he dicho, casi todos los niños nos saludaban porque, por el contrario, los que no lo hacían, no tenían aspecto de niños. En actitud sí, pero no físicamente. Se les veía crecidos, ya demasiado grandes para entrar en su ropa infantil desgastada y con aire de estar pasada de época. Se les notaba la pesadez consecuente de haber perdido la inocencia.

Ya eran hombres.

 

Casi no me acordaba de que seguía flotando en el aire cuando noté que mi cuerpo volvía a cumplir las Leyes de la Gravedad: tanto yo como los recién llegados bajamos suavemente hasta sentir los pies en el suelo. “¿Y ahora qué?” era lo que se leía en nuestras caras, y los autóctonos se reían al mirarnos. Hubiese apostado todos mis libros de aventuras a que ellos sabían lo que pensábamos porque, alguna vez, tiempo atrás, ellos estuvieron en nuestra misma situación. ¿Acaso nos reclutaban como miembros de algún tipo de tribu? ¿Serían caníbales? Y, si lo eran, ¿me gustaría alimentarme de carne humana? O peor, ¿¿puede que fuéramos nosotros, los recién llegados, el esperado banquete?? Mientras me hacía mil y una preguntas sin respuesta, uno de los veteranos me agarró la mano, e igual ocurrió con los demás novatos. Sin mediar palabra, tan solo una sonrisa igual de extrema y dolorosa a la que ya nos habíamos acostumbrado, los veteranos nos llevaron junto a los que ya no eran niños y empezaron a despedirse de ellos igual de efusivos y alegres que cuando nos recibieron. A diferencia de ‘el comité de despedida de la isla’, los que  partían se limitaban a mirar a los que se quedaban. Sus rostros no transmitían nada. Ni tan  siquiera la característica sonrisa propia del lugar. Entonces, sonó un cacareo que venía del interior de la isla y se adentraron en fila india en el bosque dejándonos atrás a todos. Más tarde supimos que el que nunca habíamos visto, el mandamás de la isla, era quien cacareaba. Cuando se les perdió la vista entre la flora del lugar, los veteranos comenzaron a corretear y cacarear por el claro del bosque y, sin soltarnos la mano, nos invitaron a que los imitásemos. Al cabo del rato, todos éramos escandalosas gallinas en mitad de un corral. Lo siguiente que recuerdo de ese primer día en la isla es que el humo de aquella hoguera que intuí en el centro de la isla se había vuelto más alto y más espeso, como si hubiesen echado más maderos para avivar el fuego.

Así pasaron los años, sin preocupaciones ni obligaciones. Solo juegos y diversión, algo a lo que un puñado de niños se acostumbra fácilmente. A veces desaparecían algunos veteranos y no los volvíamos a ver, y algunos de nosotros, los novatos, ocupábamos su lugar y nos convertíamos en cicerones para los niños que llegaban, porque, a la isla, siempre llegaban nuevos invitados.

 

Aunque se estaba bien en la isla, ocurrió algo: no me acostumbré a aquel lugar. Quería pensar, quería leer, quería estar triste, quería sonreír porque quisiera sonreír de verdad, quería… quería…

¡¡Quería crecer!!

  Dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea, ¿no? Mi anhelo llegó a oídos de él, el que nunca habíamos visto, el más antiguo de los niños del lugar, y no tardó mucho en atender mi petición. A través del veterano que, años atrás, me mostró la isla a mi llegada, supe que me concedía la oportunidad de crecer y que, tras el tercer cacareo de la tarde, me tendría que dirigir al interior del bosque ‘hasta donde nacía el humo’.

Fue todo muy rápido: llegué al centro de la isla, vi la hoguera, aterrizó frente a mí y me empujó a las llamas. No, no creáis que ese fue mi final porque, como leéis, os lo relato en primera persona. No morí, pero sí estuve a punto de ser combustible para la eterna hoguera. Por suerte, antes de que las llamas me tocasen, uno de aquellos ya olvidados haces de luz de la isla entró en mí por mi espalda y volví a sentir que la gravedad de mi cuerpo se desequilibraba. Pero, a diferencia de la primera vez, mi gesto facial por fin se relajó y dejé de sonreír. Ahora podía decidir si quería o no hacerlo, y, además,  debieron de concederme algún título de piloto porque ahora podía controlar mi propio vuelo.

La luz, que no era luz, me devolvió mi libertad.

Me elevé tan alto que la isla disminuyó gradualmente de tamaño. De hecho, todo disminuyó de tamaño, ¡hasta el propio planeta! Y allí estaba yo, en mitad del espacio, sin un lugar al que volver y poder hacer realidad mi deseo: crecer.

 

Al igual que cuando estaba en la isla, pasaron otros tantos años hasta que una nave me recogió. Jamás olvidaré las primeras palabras que crucé con el capitán de la tripulación:

“—¿Quién eres?

—¿Yo? Solo soy un niño perdido.

—No, muchacho, ya no. Ahora eres un hombre encontrado.”

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