La vida no es más que una #fotopene

Un cuento de El Hombre Confuso @elhombreconfuso

Le había dicho que no se preocupara. Llamaría a la puerta directamente. Tres golpecitos para que supiera que era él. Quería que le recibiera desnudo y, claro, no podía arriesgarse. Le había dicho que ya se apañaría para entrar en el portal, que no pensaba llamar al telefonillo, que quería que fuese una sorpresa, pero una de las de verdad. Le había dejado con una sensación extraña, como entre miedo y curiosidad. ¿Y si lo decía en serio? “Me suenas del barrio”, le había escrito. “Nos hemos cruzado más de una vez”. “¿Por dónde?”. “No sé, por ahí”. De entrada, todo parecía formar parte del juego de la seducción virtual. Un toma y daca desde la comodidad del sofá que tenía como objetivo acabar con la presencia de la ropa y, de paso, ver si cuajaba la acción. No solía adentrarse más allá de cuatro mensajes, tratando de ver si valía la pena continuar, pero aquella vez había sido diferente. ¿Y si, realmente, estaba de camino? ¿Qué debía hacer? ¿Desnudarse?

Sin pensar demasiado, se levantó y cerró la puerta con llave. No le gustaban las sorpresas. Nunca le habían gustado. ¿Qué sentido tiene no saber qué va a ocurrir? ¿No es más lógico poder planificar la vida con antelación? No entendía qué diversión sentía la gente hacia lo inesperado. Volvió a tumbarse en el sofá, pero no pudo estar quieto más de cinco segundos. ¿Qué iba a hacer si escuchaba los dichosos tres golpecitos? ¿Abriría la puerta? No le había dicho donde vivía, aunque tampoco parecía necesitarlo. Le conocía del barrio. Muy posiblemente habían coincidido en el supermercado, o en la panadería. Sabía cuál era su portal, incluso su piso. Era tan sencillo como acercarse y mirar el timbre. En todos figuraban dos nombres menos en el suyo. Era el soltero del edificio. El marica. Todos lo sabían y les importaba bastante poco. Empezó a sentirse nervioso.

Cogió una cerveza de la nevera y dio dos tragos. En las películas funcionaba, ¿por qué ahora no? Había escuchado tantas noticias por televisión que la prudencia le obligaba a ser cauto, a apagar las luces y dejar pasar el momento. O a mandarle un mensaje diciéndole que estaba acompañado y no podía recibirle. ¿Se lo creería? Seguramente no, pero, ¿quién va a casa de alguien si le dicen que no es bien recibido? Un loco, claro. Se acercó a la ventana y trato de mirar la calle sin descorrer la cortina. No había nadie. Era un martes por la noche y su barrio no era demasiado céntrico. Apuró la cerveza y empezó a pensar qué opciones de defensa tenía. ¿Un cuchillo de cocina? En el cine siempre tienen un bate a mano, una pistola, aunque sea un candelabro de plata, pero, ¿y en la vida real? ¿Cómo se defiende uno de los ladrones? ¿Con un macetero de Ikea?

Volvió a abrir la aplicación para ver si, por casualidad, le indicaba la distancia a la que se encontraba, pero el sistema no era tan preciso. De hecho, no aparecía conectado. “Está de camino”, pensó y su corazón empezó a latir más fuerte. Se imaginó arrastrando el mueble de la televisión para bloquear la puerta. “Esto te pasa por hacer tonterías”, se riñó a sí mismo. “Si te hubieses hecho una paja en lugar de ponerte a hablar con extraños, no hubiéramos llegado hasta este punto”. Se acercó a la puerta y volvió a comprobar que la cerradura seguía echada. Apagó todas las luces y se sentó en el sofá a oscuras, esperando escuchar, de un momento a otro, unos pasos acercándose por el rellano. Pero no, todo estaba en silencio. “Igual no viene”. Con el móvil en la mano, cogió otra cerveza.

Se acordó de las veces que había fantaseado con vivir una aventura sexual. Había visto decenas de vídeos en los que alguien recibía a desconocidos en casa, con los ojos vendados, y grababa los encuentros para compartirlos con el mundo. Le parecía muy excitante, pero, claro, en la pantalla todo era perfecto. ¿Y si esos chicos habían muerto y ahora sus vídeos corrían por internet a modo de macabro homenaje póstumo? Un escalofrío le recorrió la columna. No, no debía pensar eso. Casi como un acto reflejo, volvió a abrir la aplicación. Estaba conectado. “¿Hola? ¿Estás ahí?”. No le respondió, aunque su distancia no había variado. ¿Significaba que continuaba tumbado en su sofá? Aquello le tranquilizó. “Estaba arreglándome para ir”, apareció en la pantalla. “¿O ya no quieres que vaya?”.

Quiso decirle que no, pero no se atrevió. Sabía quién era y dónde vivía, ¿no era más sensato enfrentarse al problema y acabar con todo de una vez por todas? “Eh, sí, claro, ven”. “Salgo ya”. Al instante volvió a notar los latidos en las sienes. ¿Qué estaba haciendo? De haber conocido a algún policía, le hubiera llamado para que estuviera al tanto de todo, pero no tenía tanta suerte. Aunque, pensándolo mejor, ¿cómo explicar aquella situación sin parecer idiota? Se acabó la segunda cerveza y fue al baño a arreglarse un poco. Al menos, parecer presentable, pero de desnudarse nada. Se lavó los dientes, la cara y se peinó un poco con los dedos. Cogió una camiseta limpia y unos pantalones cortos y se cambió en el pasillo. “Ojalá tuviera un perro. Uno grande, de los que dan miedo, así no se atrevería a hacerme nada”. Entonces, sonaron tres golpes en la puerta.

Con la ropa sucia en la mano se acercó sigilosamente hacia la entrada. Levantó la mirilla, pero no pudo ver nada. “Está tapándola con el dedo. Si eso no es de estar loco, ¿qué más puede hacer?”. El corazón le iba a salir por la boca. “¿Qué hago? ¿Qué hago?”, pensó. Volvieron a repetirse los tres golpes. “¿Quién es?”. “Espero que estés ya desnudo”. “Eh… mi compañero de piso está en su habitación”, mintió. “Venga, abre, que aún saldrá alguien”. Dejó la ropa en la esquina de la puerta y empezó a girar la llave. Pensaba en su madre, en cómo le afectaría saber que su hijo había muerto por imprudente. No se lo perdonaría nunca. “Pues era un chico normal”, cotorrearían las vecinas. “Nunca traía gente rara y siempre saludaba en el ascensor”. Estuvo tentado de coger una botella de vino, para estampársela en la cabeza, pero ya era demasiado tarde. Con cautela, abrió la puerta.

Y allí estaba. Era el chico que repartía las cartas del banco. Se cruzaban muchas mañanas cuando salía hacia la oficina, pero sin el uniforme no le había reconocido. Era joven, de unos veinticinco, moreno, alto, más que él, no demasiado delgado y siempre se despedía sonriendo. ¿Cómo no se había dado cuenta? Claro que sabía quién era y dónde vivía. Cruzaba el portal cada día, conocía a todos los vecinos y sabía cómo se llamaban. No le habría costado atar cabos y deducir que el único nombre solitario en el buzón era el suyo. Respiró aliviado. Ya no creía que iba a morir aquella noche. Aunque sus nervios bajaron del estómago a la entrepierna. Resulta que había entendido mal la conversación y el que estaba desnudo, era él.

“¿Puedo entrar?”, le suplicó. Llevaba una bolsa de tela en la mano, donde, seguramente, había guardado toda su ropa. “Claro, pasa”. De cerca era un chico normal. Nada que ver con esa obsesión por criar brazo y cuello para parecer un héroe griego. Estaba delgado, aunque tenía un poco de tripa, no se depilaba, llevaba barba de dos o tres días y tenía una polla más bien pequeña. Aunque, claro, en el descansillo hacía frío y el pobre estaba descalzo. Le dio dos besos y le preguntó dónde podía dejar sus cosas. Actuaba como si no fuera desnudo, como si aquello fuese lo más normal del mundo. Le ofreció una cerveza y se sentaron en el sofá. Él ya llevaba tres y empezaba a notar el efecto. Le contó que le había visto muchas veces cuando iba a dejar las cartas y que era uno de los pocos que le trataba como si fuera una persona. Aunque pudiera parecer lo contrario al verle desnudo, era un chico bastante tímido. Aquello le gustó.

“¿No tienes frío?”. “No, qué va, estoy acostumbrado a ir desnudo siempre por casa, como vivo solo. Deberías probarlo, aunque, claro, compartiendo piso…”. “Bueno, en verdad, yo también vivo solo. No sé porque te dije eso”. “Ya, ya lo sabía”, respondió riendo. Entre la cerveza y un leve sentimiento de culpabilidad decidió que tenía que tomar la iniciativa, así que se levantó y se quitó toda la ropa. Extrañamente, ninguno de los dos estaba empalmado. Se acercó y empezaron a besarse, pero aquello no terminaba de funcionar. Algo impedía que se dejaran llevar, pese a que estaban dispuestos a ello. Continuaron abrazados durante un buen rato, tocándose, explorando sus cuerpos, esperando que, de un momento a otro, se pusieran en marcha las feromonas, pero nada. Se tumbaron en el sofá hasta que les empezó a entrar modorra.

Cuando volvió a abrir los ojos, ya era de día. Las cervezas sin comer habían hecho su efecto, dejándole profundamente dormido cuando no debía. ¿Qué había pasado? Trató de incorporarse, pero no pudo. Él continuaba allí, abrazándole mientras dormía. ¿No se había movido en toda la noche? Al notar sus movimientos, también abrió los ojos. Le sonrió todavía sin espabilarse. “Te quedaste frito al instante”. Le dio tanta vergüenza que no supo qué responder. “¿Qué hora es?”. “Deben ser las siete y algo”. “¿Tienes prisa?”. “No mucha, ¿por?”. “Porque necesito follarte. Llevo toda la noche pensando en eso y ya no puedo más”. Sin darle tiempo a responder, volvió a besarle, y esta vez sí, los dos estaban empalmados.

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Un comentario en “La vida no es más que una #fotopene

  1. Excelente, mantiene muy bien la atención hasta el final con la inquietud de si hará falta el cuchillo o no, pero el final es mucho más interesante y poco previsible. Felicidades

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