El conductor afortunado

Conducía tan bien que por más que se estrellara, siempre salía ileso. El coche podía saltar por los aires que él sobrevivía. Curados los rasguños, acababa comprándose un coche nuevo. Y cada vez intentaba convencerse de que esta vez todo sería distinto. Y aceleraba sin dejar de repetirse esas mentiras. Que la carcasa no resistiría y él moriría con el golpe. O que encontraría un desvío en el último momento, un volantazo inesperado que le pondría a salvo definitivamente. La redención al final del camino. Pero entonces volvía a estrellarse y, tras jurar y perjurar que ya no lo haría, volvía a comprar un coche solo para volver a estrellarse. A base de accidentes, acabó entendiendo que daba igual las maniobras que intentara. Siempre chocaría y siempre iría raudo en busca de ese próximo golpe. Nunca sería el último, pero en todos llegaría a creérselo por un instante. Pisar el acelerador hacia el siguiente error: no sabía hacer otra cosa, en el fondo. ¡Y qué placer le daba!

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