Espantapájaros

El estruendo provocado por su última conquista al cerrar la puerta del coche todavía resonaba en sus orejas. Se había marchado sin despedirse, probablemente porque el orgullo, la rabia o unas lágrimas que amenazaban con humedecer sus mejillas le hacían más fácil darle la espalda que mostrar el rostro descompuesto de su alma. Sin embargo, él tampoco salió en su búsqueda para calmar la situación, dedicándose únicamente a observar como su nuevo corazón roto terminaba desapareciendo para siempre de su vista. Podría haber comedido sus palabras, tratar de haber sido más caballeroso o haber utilizado una de aquellas frases baratas con las que justificar su decisión. No obstante, no le interesaba lo más mínimo perder el tiempo tratando de ser algo que no era o de quedar bien con alguien a quien jamás volvería a ver. No era la primera víctima de su miserable condición. Y, desde luego, tampoco iba a ser la última.

No siempre había sido aquel tipo duro e insensible. Hace mucho tiempo, también había sufrido el ataque de un monstruo como él, sumiéndose en un laberinto de horrores del que sólo podía escapar aniquilando cada uno de sus sentimientos. Poco a poco, fue descubriendo que no los necesitaba para moverse por un mundo que trataba de acabar con ellos constantemente, y lo que siempre había sido un sueño se convirtió en un tipo de objetivo distinto. Se transformó en un auténtico depredador de cuerpos que no podía vivir sin conquistar, ni tampoco sin el placer que le producía desechar cada uno de sus trofeos de carne y hueso.

Le habría gustado poder sentir algo más que un deseo fugaz hacia aquel gran número de cuerpos de escándalo y algunas mentes brillantes que habían humedecido sus sábanas y la tapicería de su coche, pero le era imposible. Tras un pequeño número de orgasmos, la posibilidad de trascender a algo más se convertía en algo imposible. Su mente le había cerrado las puertas de por vida a aquella opción. No le interesaba el amor, y no podía creer en él por mucho que lo intentara. Al final, la soledad, los recuerdos amargos o las premoniciones catastróficas siempre terminaban ganando la partida, y ya había desistido de tratar de cambiar las reglas del juego.

Por ese mismo motivo, no sintió ningún tipo de remordimiento al destrozar las ilusiones de aquella pobre presa. De hecho, ni siquiera tuvo la paciencia de permanecer allí hasta que esta entrara en su casa. Su cuerpo le pedía que arrancara el coche y se dejase embriagar por la magia nocturna de las carreteras y el perfecto acompañamiento de aquellas viejas y nuevas glorias del rock, los dos únicos amores que permanecerían a su lado durante el resto de su vida.

El coche le llevó al bar que solía frecuentar cada viernes por la noche. Esta vez, el trayecto había surgido de manera completamente inconsciente. Habría preferido llegar a casa, tumbarse en el sofá y terminar de ver aquella película con la que se había quedado dormido la noche anterior. Pero allí estaba, aparcado frente a las puertas de su paraíso y encendiéndose un cigarro apoyado en el capó, dejando que la nicotina destruyese un poco más sus pulmones. No le importaba. Al fin y al cabo, él ya estaba muerto por dentro.

Sin embargo, algo le hizo revivir en aquel momento; una pizca de adrenalina cuya procedencia no tardó demasiado tiempo en detectar. Eran unos ojos verdes que lo observaban desde una esquina, dos esferas a través de las cuales su dueño estaba dejando entrever la atracción y el deseo instantáneo que le provocaba su perfecta presencia. Él le agradeció la mirada con su sonrisa irresistible, sabiendo al instante que ya disponía de una nueva distracción más divertida que aquel thriller policíaco que le esperaba en casa. Tan sólo tenía que esperar apoyado en el capo, dejar que el cigarro se consumiera y que las fuerzas magnéticas terminaran acercando a aquella nueva víctima que se había encandilado de la máscara sin saber qué había tras ella.

Lejos quedaba aquella época en la que había sido un hombre. Ahora era un espantapájaros, creado para llamar la atención y repeler al mismo tiempo.

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