Desayuno sin diamantes

Acabó de vestirse enseguida, como si ahora llevara menos ropa que al desnudarnos. Deseé que se estuviera olvidando de un calcetín, del cinturón, que confundiera mi calzoncillo con el suyo, cualquier cosa con tal de tenerle ahí, delante de mi espejo, durante uno, dos segundos más. Una pequeña eternidad y no sus pasos ya precipitándose hacia la puerta para dejar claro que no, él tampoco pensaba quedarse a desayunar.

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