El objeto encontrado

Una mañana, una feria de libros antiguos. No es nada especial, o eso parece. Gente buscando recuerdos de su infancia en vano, mientras otros salen con una sonrisa de oreja a oreja porque han encontrado un objeto que, por una u otra razón, ha resultado ser una ganga.

Me paré en un puesto con libros más antiguos que los de los demás, con una sección olvidada de postales antiguas. “Todas las ciudades, menos Sevilla” ponía, qué ironía estando en Sevilla. ¿A quién le va iba hacer ilusión unas fotos antiguas de otra ciudad en la que no vive o no ha estado? Algunas tenían moho y estaban manchadas y la mayoría amarillentas por los años, cada una por un euro, algo caro, la verdad.

Cogí unas cuantas, y en medio, algunas historias olvidadas aparecían como tímidas, modestas y sin valor entre las demás. Empecé a sacar, más y más. Desmonté parte del puesto mientras el dueño me observaba fumándose un cigarro, con recelo, porque quizás temía que me fuese a llevar alguno de esos vejestorios. Un hombre se paró, me preguntó por curiosidad con una sonrisa, pero nadie se fijó. Yo buscaba historias, con o sin sello, de recordatorio, de amor, o simplemente un “yo he estado aquí, un beso”. Nadie supo qué buscaba, tampoco importaba.

El objeto encontrado, en forma de postal, que cuenta historias con más sufrimiento y más amor de las que yo pudiese haber tenido en mi existencia. Un puñado de postales que se escribieron en su ciudad de origen, con cariño y dedicación, casi siempre con poco tiempo, el tiempo que se perdía en escribir y enviarlas a sus destinos. El destino sería, quizá la mayor parte de las veces, una persona que recibía una foto con un pedazo de la otra persona acordándose de ella.

Compré cinco, sin pensar, porque estaba comprando tiempo, cuanto menos. Alguna de mis postales tenían sello, otras no, estaban mutiladas. Me contaron que hace años, los sellos se podían devolver en Correos para que te devolviesen el dinero, o quizá, se podían arrancar para que el devenir les diese algún valor fruto de la filatelia. Mi historia resultó ser un puñado de postales que se escribieron con amor, se recibieron con amor y acabaron en mis manos, las manos de un desconocido, en una feria de antiguo. Una de ellas es de la Exposición Universal de Barcelona, de 1929. Ha sobrevivido a dos guerras para llegar a una feria y venderse por un euro, sin que su anterior dueño pudiese darse cuenta lo que puede transmitir. El objeto encontrado, ese objeto que no es nada para nadie, pero que para determinadas personas tiene una gran carga emotiva. Es el arte del devenir.

No sé por qué me llevé con tanta alegría unos trozos de papel, amarillentos y sucios a casa, pero de lo que sí estoy seguro es que los salvé y salvé sus historias y a sus protagonistas, como a Carlos y a Matilde Caro, o la historia de la preocupación del envío de viales que contenían una medicina que existía en Francia, pero no en España, y que no se hizo porque eran de cristal y se podían romper.
Quién sabe, puede que nos convirtamos en postales, en amor para un desconocido que nos recuerde aunque ya no le importemos nada a nadie.

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