Fantasmas de neón

 

La respiración no fue lo único que se detuvo cuando vi tu rostro entre la gente. Parecía que el tiempo, e incluso la música, también acordaron paralizarse ante aquel macabro encuentro.

Semanas, meses…la verdad es que había perdido la cuenta del tiempo que llevaba sin verte. De hecho, ni siquiera venías ya a visitar mi mente de manera inesperada e inoportuna. Los posibles viajes que habríamos hecho en un futuro, todas las mañanas que podría haber tenido la oportunidad de ver como los primeros rayos de luz iluminaban a la perfección cada centímetro de tu cuerpo todavía dormido, o las innumerables veces que tendría que corregir el proceso de aliñado de tus ensaladas. Ya no quedaba ni una sola espina en mi interior de aquella rosa cuyos pétalos terminaron pudriéndose por haberla descuidado.

Pensé que había logrado exorcizar a todos mis demonios, pero olvidé la facilidad con la que estos vuelven a tu vida. Obvié que vivías en esta ciudad y que nuestros gustos a la hora de salir de fiesta eran bastante similares. Tenté a la suerte demasiadas veces, y era cuestión de tiempo que volviésemos a coincidir en algún lugar entre aquel bosque de rascacielos. Lo que no esperaba, y fue ése el motivo por el que sentí que una mano invisible oprimiendo mi garganta, era encontrarte en aquel local. El mismo maldito antro en el que nos conocimos. ¡Hay que ver lo muy hijas de puta que pueden llegar a ser las casualidades!

El verdadero impacto, sin embargo, no fue contemplar cómo tu belleza había aumentando desde que te ausentaste de mi rutina. Tus labios perfectos, aquellos cabellos cuidadosamente desaliñados o la elegancia innata que poseías no me afectaron tanto como el hecho de que tus magnéticos ojos oscuros también me estuviesen observando. Daba igual las presas que hubiesen en aquella llanura de neones. Éramos dos linces sorprendidos por nuestras respectivas presencias, estudiando nuestras estrategias para alzarnos como supervivientes ante aquella adversidad.

Me sorprendí al ver que tu trayectoria se desviaba hacia mi posición. Noté incluso como las piernas empezaban a temblarme con cada metro que desaparecía entre tú y yo. Y me derretí cuando tu cautivadora sonrisa sirvió como preparación a un saludo cuyo efecto aún era incapaz de conocer. De repente, tuve la necesidad de volver a notar tu cuerpo cerca del mío, de darnos el último de aquellos baños que solíamos disfrutar todos los domingos o tus manos aferrándome como el único pilar que podía sostenerte firmemente. Me di cuenta que jamás había superado el hecho de haberte dejado escapar, y estaba totalmente aterrado por descubrir que ya habías sido cazado de nuevo.

Sin embargo, la revelación que me provocó aquel encuentro fue radicalmente distinta a lo esperado. La lástima por destruir un pasado y la pena por no poder construir un futuro juntos desapareció por completo al minuto de volver a escuchar tu voz. De hecho, no había nada en mi interior que pudiese justificar los nervios que había sentido minutos atrás con tu avistamiento. La jungla en la que habíamos vivido se había transformado en un paraje desértico, donde ni siquiera había suficiente humedad como para que pudiese fluir una conversación decente. No había palabras que pronunciar, ni datos que compartir. Continuabas siendo una obra de arte, pero tu revisionado ya no me impactó tanto como la primera vez. Éramos dos almas gemelas, pero ahora ni siquiera parecíamos tener algo que nos identificara el uno al otro. Me alegré al verte tan radiante como siempre, y aquello fue la certeza de que algo había cambiado.

Al despedirnos con una de aquellas frases estándar cuyo interés relucía por su ausencia, la música volvió a sonar. La gente continuó bailando, bebiendo y perdiendo su dignidad progresivamente. Nuestro tiempo se había terminado, pero la vida continuaba. Y tú, muy a mi pesar, te habías convertido en un fantasma. Un fantasma que, al amanecer, se esfumaría por completo de mi vida.

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