La peor cita de mi vida

Hay ocasiones en las que ves venir las cosas. Como si momentos antes de que impacte contra ti una piedra, sintieras el aire desplazándose y delatara la trayectoria del proyectil, permitiéndote esquivar el golpe en el último segundo.

Como hacía Neo cuando le disparaban.

Otras veces, sin embargo, estás a por uvas, te comes la pedrada y por muchos dejá vu que sientas, no te das cuenta de que algo ha cambiado en Matrix.

La peor cita de mi vida podría haberla evitado. Cuando hablé con él por teléfono por primera vez una voz en mi interior me decía que ese chico no tenía mucho en común conmigo, pero decidí darle una oportunidad y dejar a un lado los prejuicios que habían florecido a raíz de esa breve conversación.

– Tiene voz de poligonero, sí – me dije -, pero igual es un tío interesante.

El hecho de que en las fotos que me había enviado se viera que estaba muy bueno también ayudaba, claro.

Quedamos en la Puerta del Sol. Ya empezábamos mal, porque no hay lugar en Madrid que deteste más. No sé si es por ese aire a parque temático rancio donde Dora la exploradora, un Bob Esponja piojoso, los predicadores de la Iglesia Evangelista de San nosequién y el Real Gremio de Carteristas campan a sus anchas, pero el caso es que me siento terriblemente incómodo en semejante feria. Justo cuando estaba rechazando un flyer de un gurú africano que prometía poner en orden mi vida amorosa (nada menos!), apareció él.

Era más alto que yo, que ya es decir. Tenía pinta de malote, lo cual, en ese momento, no sólo no me pareció mal, sino que además me dió bastante morbo. Me saludó con un enérgico apretón de manos antes de que mi primer impulso de darle dos besos llegara a realizarse.

Sus dos ojazos azules sonrieron.

Fue entonces cuando abrió la boca para dar fin a cualquier atisbo de buena impresión que hubiese tenido.

– Tío, conozco un sitio por aquí cerca donde hay 2X1 en cerveza. Vamos, ¿no?

Tuve el presentimiento que de repente lo importante ahí era ponernos finos a cervezas y no sentarnos a hablar y conocernos. En cualquier caso, accedí y nos encaminamos hacia el bar en cuestión. A él le brillaban los ojos, como a un explorador a punto de descubrir la Atlántida.

Cuando llegamos a aquel paradisíaco lugar (que no era más que una de esas trampas para turistas que abundan cerca de Sol), me dispuse a entrar, pero mi acompañante me agarró del brazo.

– ¿Qué haces, tío? – me preguntó ante mi estupor – El 2X1 empieza a las seis, faltan quince minutos. Vamos a esperar aquí fuera que si no nos lo cobran a precio normal.

Le miré en plan “no puede ser verdad lo que me estás contando”, pero sí, su plan era que esperásemos en la puerta hasta que diesen las seis en punto y pudiésemos disfrutar de ese edén de cebada que mi cita ansiaba alcanzar como si se tratase de la tierra prometida.

Así que esperamos en la puerta.

Quince minutos.

Uno detrás de otro.

A las seis de la tarde con un segundo, me arrastró al interior del bar y me preguntó si quería una jarra pequeña o una grande.

Vaya, era todo un profesional en el noble arte del 2X1, eso había que reconocerlo.

Opté por la jarra pequeña y fue a la barra a pedir. Un minuto más tarde, apareció con dos jarras en cada mano.

– Pero… estooo.. – balbucée – ¿Ya me has pedido las dos? Se me van a calentar…

– Sí, tío, es que aquí se tienen que pedir así…

Ajá…

Ajá…

Le dió un largo trago a una de sus jarras que, por supuesto, era de las grandes y comenzó nuestra inquietante conversación guión monólogo. Tras las típicas frases en plan a qué te dedicas, de dónde eres, blablabla”, me soltó algo que me dejó helado.

– Yo es que cuando bebo me pongo muy violento.

Lo dijo mientras sostenía su jarra de cerveza en la que, por cierto, bien podría haberme zambullido yo y hacer unos largos. No sabía muy bien si me estaba tomando el pelo, pero cuando a continuación comenzó a contarme una selección de algunos de sus episodios psicóticos más interesantes, comencé a asustarme de verdad. 

Mientras intentaba mantener la compostura y no manifestar ninguna emoción para no alterar a mi idílica cita, él me narraba entre risas aquella vez en una conocida discoteca madrileña en la que agarró a un tío por el párpado (quién no ha agarrado a alguien por el párpado alguna vez en su vida…) y le amenazó con reventarle la cabeza por haber tenido el atrevimiento de pisarle.

Comencé a buscar la cámara oculta porque no podía ser verdad lo que aquel chico me estaba contando, pero siguió narrando con orgullo lo mucho que bebía y cómo en algunas ocasiones se despertaba sin recordar nada de la noche anterior.

– A veces sé que follé la noche anterior por el olor de mis gayumbos…

Cómo no enamorarse de alguien así, ¿verdad?

Yo sólo deseaba salir huyendo de allí agitando los brazos y gritando como una niña, pero esperé a que terminase su segunda ronda doble de cerveza. Afortunadamente, era una esponja y no pasó mucho tiempo hasta que le dije que tenía que irme. Se ofreció a acompañarme a la estación de metro y no me negué, por miedo a que me agarrase del párpado o algo.

Cuando nos despedimos con otro apretón, me sonrió y me dijo que lo había pasado muy bien. Yo no le mentí, pero tampoco le dije que estaba aterrorizado. Me limité a decirle que ya nos veríamos y bajé al metro mirando hacia todas direcciones, asegurándome de que semejante psicópata no me seguía.
Mientras iba camino a casa, recibí un whatsapp suyo en el que me decía que le gustaría mucho volver a verme.
Temblé ante la idea de otra cita como aquella y tuve que contenerme para no decirle que antes desearía que me enterrasen vivo.

A día de hoy, todavía me pregunto si ese chico de verdad espera que alguien en su sano juicio le pida una segunda cita. No parecía ser consciente de las barbaridades que estaba soltando por aquella boca.

Eso sí, puntos para él por sinceridad. 

Gracias por carecer del menor atisbo de maketing emocional y por venderte tal y como eres, para que podamos salir huyendo.

Como decía, hay cosas en esta vida que las ves venir…

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4 comentarios en “La peor cita de mi vida

      1. jajaja una etapa capulla de la vida, aunque si te soy sincero era para ver hasta donde aguantaba más de una reinona

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