I hear your heart beat next to me

“Corre. Rápido. Lo hemos encontrado”. Me acababan de avisar. Era el capitán de la brigada y, por fin, habíamos logrado el objetivo. Me metí de lleno en las cloacas de la ciudad. Corrí por sus pasillos, casi como un gran laberinto escondido, hasta que me encontré con él. Estaba en una esquina, refugiado, temblando sin saber que era lo que pasaba. Por fin lo habíamos localizado: ahí estaba el corazón de Álvaro, había huido de su dueño.

Era el encargado de regresar estos corazones perdidos, que habían escapado por no poder soportar la convivencia, a sus dueños. Esa misma noche, corazón en mano, me presenté en la casa de Álvaro. Con cara seria llamé al timbre. Su dueño abrió con cara de pocos amigos. Casi al verme, tras hacerle la formación militar con la mano en la frente, y sin apenas expresión, cerró la puerta. Regresaba al cuartel casa sin éxito. Quisé dejar el corazón en la sala habilitada para ello, pero miré al corazón y la pena me llenó por dentro. Decidí que era mejor llevármelo a casa. La primera noche el corazón se quedó en una esquina del comedor, seguía con miedo y tristeza. A la mañana siguiente regresé a la casa de Álvaro. Éste volvió a mostrarme una indiferencia absoluta ante el corazón y hacía mí. No podía creer lo que estaba viendo, ¡nadie me había rechazado su corazón!

No sabía cómo conseguir que se quedara con su corazón. Regresé de nuevo a mi casa con él, pero esta vez el corazón decidió acercarse, cual gato, a la cama donde dormía. Se quedó junto a mí y, al menos, se sentía más protegido. La relación con el corazón fue cada vez más estrecha. A cada día que pasaba había mayor conexión entre nosotros, creando una conexión muy especial.

A medida que esa relación cambiaba, las visitas a casa de Álvaro, aunque seguían con el cierre de la puerta en mis narices, ya no lo hacían de la misma forma. Tras varias semanas volví a hacer la visita de rigor como cada pocos días, pero algo ya había cambiado. Llamé a la puerta. Álvaro abrió, iba elegante, guapo, casi podríamos decir que se había vestido para ese momento que sabía que iba a llegar. A su vestimenta le acompañaba una amplia sonrisa. Parecía como si este Álvaro no fuera el mismo que hacía unas semanas. Me invitó a pasar a su casa.

El corazón se fusionó con su dueño, como si hubiera caído un rayo en ese mismo instante. Algo mágico, único, y maravilloso. Ahora era cuando, en realidad, habíamos rescatado su corazón.

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