El mejor invento del mundo

“El amor es un invento judeocristiano”, dijo él, y me dolió más que su “tenemos que hablar” de días antes, que el esperado “necesito un tiempo” o el “no eres tú, soy yo” de rigor. Aquello no sabía cómo rebatírselo. Pero dolía, sobre todo, porque era su despedida. Después de tantas noches compartidas hablando de cine y música, terminábamos nuestra breve relación hablando de inventos extraños. Así se separaban nuestros planetas.
 
Ahora ya sé que el amor siempre ha existido. Antes que las religiones, incluso. Sé que llegarán las pistolas lásers y nuestros cielos los surcarán naves espaciales, pero con la mirilla seguiremos apuntando al corazón. Desde que aterrizamos aquí, no hemos hecho otra cosa. Hemos repetido la historia una y mil veces, siempre con la emoción del primer latido.
 
Ahora sé todo eso, pero entonces, con apenas 15 años, ni siquiera me había enamorado, ¿qué le iba a decir? ¿Que se iba a sentir muy solo, proclamando aquellas teorías que nadie quería oír? También me iba a sentir solo yo, que creía en el amor a pies juntillas. Y sigo creyendo en él. En la balanza, a pesar de todo, ganan las cosas buenas.
 
Me pregunto cuántas veces se habrá enamorado él desde entonces. Cuántas veces se habrá arrastrado por culpa de eso que según él no existía, cuántas veces habrá tocado el cielo gracias a ello. Y me gustaría responderle ahora, aunque no vaya a servir de nada: “Sí, el amor es un invento, el mejor del mundo.” Suerte que lo inventaron. Incluso con el corazón roto, los románticos siempre ganamos.
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