Dulces derrotas…

No siempre ocurre de la misma forma.

A veces me asalta en la oficina. Se agazapa detrás de un lunes gris. Intenta que yo no lo vea venir. Me dejo llevar por la desidia y, mientras mi mañana avanza por inercia, cuando menos me lo espero, me ataca.

Otras veces sucede en el metro. Paseo por el andén mientras espero que llegue el tren. Normalmente suelo estar leyendo o asomado a la gran ventana hacia el mundo que tengo en mi smartphone. Me ataca por detrás, sin ningún tipo de miramiento. Le da igual que haya gente o que la estación esté desierta. No conoce la piedad.
No siempre me coge desprevenido. A veces soy yo quien le provoca. Le reto a que se acerque, levanto mis defensas y me preparo para el impacto. No sirve de nada defenderse porque siempre me proclamo ganador de una estrepitosa derrota.

No hay nada más dulce que perder contra él.

Lejos de retirarme cabizbajo, decido regodearme en mi derrota, disfrutar de ella y aguardar con ansia que me vuelva a ganar. La espera nunca dura mucho.

El resultado siempre es el mismo. Si algo he aprendido es que es inútil intentar ganar. No es que haya deseado la victoria por otra parte, pero aunque así fuera, me resultaría más fácil cambiar el curso de las mareas.

Y es que él es así.
Traicionero, espontáneo, poderoso, implacable.

Un pensamiento tuyo por encima de todas las cosas…

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