El dueño de la gata atigrada

Estoy de pie en mitad de una cocina. Concretamente, una cocina estrecha. Para que te hagas una idea, ésta es una de esas cocinas pequeñas que, para poder abrir la puerta de la nevera, antes debes cerrar la puerta de la cocina y viceversa, y para que puedan estar más de cinco personas en su interior, dos de ellas deben sentarse en la encimera, en un espacio libre que hay entre el fregadero y la placa de inducción. Bueno, siempre y cuando ese espacio no esté ocupado por la gatita atigrada del dueño de la casa, mirándote con cara de “no eres bienvenido a mi cocina”.

Ahora mismo, la gata me está mirando. No, no está en el hueco de la encimera, está frente a mí, sentada sobre sus dos graciosas patas traseras. A veces me mira y a veces se lame alguna de las dos patitas libres, es decir, las delanteras. Debo reconocer que la estampa es adorable.

Realmente adorable.

Es curioso, no sé cómo la simpleza de una gatita atigrada lamiéndose gracilmente las patas puede hacer que te olvides por completo de que te estás desangrando lentamente en mitad de una cocina. En una cocina estrecha.

¿Sabéis la diferencia entre un cuchillo afilado y un cuchillo simple, sin punta, que a duras penas corta una rebanada de pan no sin antes deformarla hasta casi convertirla en algo parecido a un reloj daliniano? A ver, si te apuñalan con un cuchillo afilado, apenas sientes la hendidura provocada por el filo del cuchillo. Va directo. Entra y sale. Punto (otra cosa es el dolor y la reacción de tus órganos internos. Eso ya es otra cosa; no es lo mismo que te perforen la vesícula o el estómago o los intestinos o el pulmón. Cada puñalada es un mundo). Pero si te apuñalan con un cuchillo sin punta, uno similar al que usas para untar mantequilla, ¡ay, amigo!, no te libras del dolor. El acto en sí es comparable a intentar explotar un globo con el dedo índice. Concretamente, con la yema del dedo índice. Más tarde o más temprano lo haces estallar, eso está claro, pero, detente un momento y piensa: ¿cómo has conseguido hacer de ese huevo de aire de cáscara elástica algo parecido a un condón usado y dado de sí? Sí, la respuesta es ‘por presión’.

Ahora, ¿recuerdas que me estoy desangrando en mitad de la cocina bajo la atenta mirada de una gata atigrada?, y ¿recuerdas la comparación del globo y el dedo con una puñalada con cuchillo romo? Pues si sumas dos y dos, el resultado es ‘puñalada dolorosa y escandalosamente sucia’. Lo que quiero decir es que me desangro. Me desangro y duele (en serio, duele un huevo). Pero no creas que el dolor es por la puñalada, por la acto en sí de clavar el cuchillo de untar mantequilla (que también). Este dolor es… Diferente. Este dolor proviene del corazón (figuradamente hablando, claro). Hablo de la decepción, la tristeza y la sensación sin nombre que produce preguntarse uno mismo “¿cómo ha podido hacerme esto a mí?”. Porque me muero. Me muero delante de una gata atigrada, la gata atigrada del dueño de la casa, y ese, el dueño de la casa, es (será) el responsable de mi muerte.

Amé al dueño de la gata atigrada, el dueño de la gata atigrada nunca me amó a mí. Tampoco quería a la gata atigrada. De hecho, no solo no quería a la gata atigrada, sino que no soportaba a los gatos en general. No quería a los gatos y no me amaba a mí, pero disfrutaba volcando todo su odio en mí; quería y deseaba que yo hubiese sido el origen de todos sus males y fatalidades, pero, a pesar de no serlo, me adjudicó el papel. En el fondo, le comprendo. Es más fácil crear un falso Lucifer a aceptar la realidad.

Te hablo a ti, dueño de la gata atigrada: has matado a la persona que más te ha querido y, peor aún, has matado a la única persona que has querido.

¡Ah!, y que sigues queriendo.

Vive con ello, dueño de la gata atigrada, vive con ello.

 

Ya morí.

(La gata atigrada espera a su dueño mientras se da un festín de sangre lamida del lago bermellón que ha dejado la puñalada del cuchillo romo.

Sí, el de untar mantequilla.)

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